Arte y Espiritualidad
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Autor de

Semillas de Esperanza,

Fernando Torre, MSpS


 

1.- La misericordia de Dios y la fidelidad hasta el martirio

Desde Jesús de Nazaret y el diácono Esteban hasta nuestros días, el martirio ha estado presente en la historia de la comunidad cristiana. En su liturgia, la Iglesia hace memoria de los mártires, pide su intercesión y nos los presenta como ejemplos de seguimiento de Jesucristo.
Durante la celebración eucarística, en ocasiones oramos a Dios diciendo: «tú misericordiosamente les proporcionas [a los mártires] el ardor de la fe, tú les otorgas la firmeza de la perseverancia y les concedes la victoria en la batalla» .
Esta oración habla de fe, perseverancia y victoria. Fe: con la entrega de su vida, el mártir está gritando: «creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna». Perseverancia: con su misericordia, Dios hace que una persona frágil y limitada –como lo somos todos– sea capaz de mantenerse firme y sin quebrarse frente a la amenaza de muerte. Victoria: Dios Padre, con su Espíritu Santo, fortalece al mártir para que, ante la tentación de conservar la vida si traiciona a Jesucristo, se mantenga fiel hasta el final.
Además del martirio propiamente dicho, existen otros pequeños martirios: la indiferencia, la exclusión, la burla, la calumnia, el desprecio, el insulto, la agresión física, la persecución… En estos pequeños martirios también hay que derramar toda la sangre, pero gota a gota; lo cual puede ser más doloroso y exigir mayor fortaleza que el martirio mismo. Si te han infligido alguno de estos martirios, por el sólo hecho de ser cristiana/o, dichosa/o tú (cf. Mt 5,11), pues es un reconocimiento indirecto de que tu manera de vivir el Evangelio es auténtica. Si te has mantenido fiel a Jesucristo en los momentos en que sufrías el acoso de los demás, ha sido porque Dios Padre te sostuvo misericordiosamente.

Prefacio II de los mártires (Misal Romano, 2015).


2. Las tres “pes” de la relación interpersonal

La relación con los demás es una de las realidades más satisfactorias y enriquecedoras, pero también una de las más complejas y frágiles, y en ocasiones es causa de tristeza o dolor. Qué fácil es dañar o destruir, en un momento, una buena relación de años.
La relación con los demás es el problema común de los humanos. Es el punto neurálgico entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos y parientes; es el reto en la escuela y el trabajo; es la perpetua tarea de todo grupo.
Tenemos necesidad de relacionarnos con los demás; tenemos también la capacidad para hacerlo, pero esa capacidad está herida. Nos acercamos a los demás queriendo dar y recibir afecto, pero tiempo después surge desconfianza, temor, indiferencia o agresión. Y terminamos por limitarnos a contactos superficiales o nos refugiamos en nuestro estéril individualismo.
Para tener unas relaciones interpersonales sanas y creativas, estables y duraderas, es indispensable que entren en juego las tres “pes”: prudencia, paciencia y perdón.
Prudencia en lo que digo y en lo que hago. Prudencia para respetar el espacio vital de los demás y su interioridad. Prudencia, pues “no soy monedita de oro para caerles bien a todos”. Estar atento a mis reacciones espontáneas y evitar las expresiones incontroladas de agresividad.
Paciencia para respetar la cultura de los demás, su manera de pensar y actuar. Paciencia para soportar sus limitaciones y deficiencias. Paciencia para no juzgar su conciencia ni sus intenciones, aunque su conducta sea negativa.

Donde hay dos personas es inevitable que existan conflictos. Para que la relación se mantenga y crezca, además de adquirir destrezas para resolver conflictos, es necesario aprender a perdonar «setenta veces siete», como dijo Jesús (Mt 18,22).


3.- Nadie puede ser apóstol ni sacerdote, sin ser mártir

«Nadie puede ser apóstol ni desempeñar el papel de sacerdote, sin ser mártir» , le dice Concepción Cabrera a su hija Teresa de María, en una carta en la que le insiste que tiene que ser apóstol en favor de la Iglesia y olvidada de sí misma, y ser sacerdote, ofreciendo a Jesucristo y siendo víctima con él.
Por el bautismo, el Espíritu Santo nos ha hecho partícipes del sacerdocio de Jesucristo y nos ha asociado a la misión profética y pastoral de nuestro Salvador.
Somos apóstoles; pero, ¿por qué los apóstoles tenemos que ser mártires? Porque cada día debemos luchar con ardor contra nuestra pereza, egoísmo y miedos; porque hemos sido enviados a llevar el Evangelio «hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8); porque realizamos nuestro apostolado en una sociedad contraria a los valores del Reino: «yo los envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16).
Somos sacerdotes; pero, ¿por qué los sacerdotes tenemos que ser mártires? Porque, por el pecado, la humanidad se ha enemistado con Dios, y nosotros estamos en medio, y hemos de pagar en carne propia el precio de la reconciliación; porque representamos a la humanidad ante el Padre, una humanidad pecadora, necesitada de salvación, que huye de él; porque nos duele ver a tantas personas «maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor» (Mt 9,36); porque representamos a Dios-Trinidad ante la humanidad, y luchamos por acercarle la salvación.

La cruz –e incluso la posibilidad del martirio– es algo esencial al seguimiento de Jesucristo. ¿Queremos vivir a fondo nuestro ser de apóstoles y sacerdotes? La única manera de hacerlo es siendo también mártires, como Jesús, a impulsos del Espíritu Santo (Hb 9,14).

Carta escrita el 25 agosto 1923, en Cartas a Teresa de María, México 1989, 404.


4.-Causa de mi alegría

«Hermanos: en medio de todas nuestras angustias y sufrimientos, la fe de ustedes nos ha dado un gran consuelo –les dice Pablo a los tesalonicenses–. El saber que ustedes permanecen fieles al Señor, nos reaviva. ¿Cómo podremos agradecerle debidamente a Dios el gozo tan grande con que, a causa de ustedes, nos alegramos en el Señor?» (1Ts 3,7-9).
Aunque las malas noticias son las más difundidas, no todo es negativo en nuestro mundo; hay mucho de bueno, sólo que el bien es silencioso y la virtud muchas veces queda oculta. Al igual que san Pablo, necesitamos un oído atento y una mirada limpia para percibir todo el bien que existe a nuestro alrededor.
Tal vez también nosotros, en alguna ocasión, hayamos experimentado alegría y entusiasmo al saber que una persona se ha mantenido firme en la adversidad, ha emprendido una obra en favor de los demás, ha perdonado, ha hecho un acto de generosidad…
Te invito a que recuerdes a alguna persona que haya suscitado júbilo y esperanza en ti. ¿Qué fue lo que hizo? ¿En qué te benefició? Y ahora, desde el fondo del corazón, dale gracias a Dios por ella.
Ojalá que algún día alguien te diga: «En medio de todas mis angustias y sufrimientos, tu fe me ha dado un gran consuelo. El saber que permaneces fiel al Señor, me reaviva. ¿Cómo podré agradecerle debidamente a Dios el gozo tan grande con que, a causa de ti, me alegro en el Señor?»
Si has sido fiel a Dios en el ocultamiento, si has hecho el bien sin «que tu mano izquierda se entere de lo que hace tu derecha» (Mt 6,3), quizá en este mundo nunca escuches una alabanza como ésa. Sin embargo, al término de tu vida, Jesucristo, «que ve en lo secreto» (Mt 6,6), te dirá: «Tu fe me dio un gran consuelo, tu fidelidad me reavivó. Y ahora, agradezcámosle al Padre la alegría que me has dado».

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5. La envidia corroe hasta los huesos

La envidia es un sentimiento primitivo y universal. Esto lo afirmamos serenamente, pero ¡qué trabajo nos cuesta aceptar que envidiamos a alguien!
La envidia pone al descubierto nuestra pobre aceptación personal; indica que nos falta reconciliarnos con nuestros límites y valorar nuestros dones.
Envidiamos lo que vemos: bienes materiales, poder, estatus, cualidades, conocimientos, afectos, popularidad; podemos envidiar lo que sea.
La envidia se da típicamente entre hermanos: Caín y Abel (Gn 4), José y sus hermanos (Gn 37,11); también surge entre personas cercanas: Saúl y David (1S 18,9).
El proceso de la envidia es más o menos éste: 1) vemos que una persona tiene algo que consideramos valioso y nosotros carecemos de él; 2) deseamos tenerlo y luchamos por conseguirlo; 3) si no lo logramos, nos enojamos y deprimimos; 4) odiamos y tratamos de destruir el objeto deseado o incluso destruir a la persona que lo tiene: Saúl trató de matar a David; 5) nos alegramos cuando la persona pierde el objeto deseado; esta diabólica alegría es signo inequívoco de la envidia.
«La envidia corroe hasta los huesos» (Pr 14,30); es un ácido que acaba con todo, comenzando por nuestra alegría y serenidad. Crea rivalidades, causa guerras, desune a los amigos, divide las comunidades.
La envidia es cabeza y origen de muchos pecados; su antídoto es el amor que viene del Espíritu Santo (Gál 5,22). San Pablo nos dice: «la caridad no es envidiosa» (1Co 13,4). El amor nos lleva a alabar el bien ajeno, a gozarnos en que esa persona lo tenga, a agradecer a Dios que se lo haya dado.

Cuando en nuestro corazón aparezca la envidia, en lugar de negarla o recriminarnos, aceptémosla con sencillez, riámonos un poco de nosotros mismos, y aprovechemos la ocasión para ejercitar la caridad.

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6. ¡Adelante y arriba!, que no decaiga tu fe

Nuestra vida es de fe, pero tal vez en ocasiones hemos experimentado el triste dolor de la duda o amargo sabor de la desconfianza en Dios, o quizá en momentos hemos tenido una fe raquítica, incapaz de sostener nuestras convicciones y decisiones. Conocemos personas que habiendo sido creyentes han dejado de serlo. Tú, yo y los demás cristianos estamos en peligro de volvernos indiferentes a Dios, ajenos a toda práctica religiosa y perder la fe. Por eso, Concepción Cabrera motiva a su hija diciéndole: «¡Adelante, Tere, arriba!, no decaiga tu fe» .
¿Por qué la fe, siendo un don que el Espíritu Santo nos dio en el bautismo, puede decaer hasta extinguirse? Porque es algo vital y dinámico, como la salud; por nuestra condición humana, frágil e inclinada al mal, perezosa e inconstante, que se resiste a Dios y tiende dejar de lado lo que exige esfuerzo; porque el enemigo lucha contra nosotros y pretende alejarnos de Dios.
¿Qué cosas hacen que nuestra fe disminuya? El pecado, que nos hiere profundamente y nos roba nuestra energía; la falta de ejercicio espiritual (también los músculos se atrofian por falta de ejercicio); una deficiente catequesis, que nos lleva al escepticismo o a una fe irracional y a prácticas mágicas; la sociedad secularista y materialista en la que vivimos (respiramos en una atmósfera sin espíritu).
¿Qué hacer para que nuestra fe no decaiga? Orar constantemente pidiéndole a Dios: «auméntanos la fe» (Lc 17,5); acercarnos a comunidades y personas creyentes, a las biografías de los santos, a los buenos libros; desprendernos de seguridades y confiar en Dios; renunciar a querer tener evidencias, el “ver para creer”: «dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20,29).
¡Adelante y arriba!, amigo/a lector/a, que no decaiga tu fe.


Carta escrita el 9 enero 1918, en Cartas a Teresa de María, México 1989, 491.

7. Cumplir la voluntad del Padre

En cinco palabras podemos resumir lo que fue la vida de Jesús de Nazaret y lo que debe ser la vida del cristiano: cumplir la voluntad del Padre. Jesús mismo nos lo dijo: «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4,34), y «no quien me diga: “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino quien haga la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21).Antes de lanzarnos a hacer lo que suponemos ser voluntad de Dios, debemos pasar por dos etapas: la del querer y la del discernir.
Para hacer lo que Dios quiere, necesito, antes, saber qué quiere. No basta con decir frases genéricas, válidas para toda persona y en toda ocasión: «hacer el bien y evitar el mal», «amar» o «seguir a Jesús y construir el Reino»… Es necesario hacer un discernimiento para llegar a descubrir, en conciencia, cuál es la voluntad del Padre para mí, en este momento y en estas circunstancias. Esto implica abrirme a las inspiraciones del Espíritu Santo, tomar en cuenta lo que Dios me ha dicho en su Palabra, lo que la realidad me está presentando como más importante o urgente, lo que podría traer un mayor bien para para los demás y para mí, lo que estoy en posibilidad de realizar.
Pero, para descubrir la voluntad del Padre para mí, necesito, antes, querer hacer su voluntad. Este “querer” tiene dos elementos; uno es el de la voluntad: «he decidido hacer lo que Dios quiera, sea lo que fuere»; el otro, el de la afectividad: «deseo cumplir la voluntad de Dios siempre y en todo, siento atracción por realizarla». Este deseo y esta decisión son frutos de la acción del Espíritu Santo en nosotros.
Y entonces sí: porque deseo hacer la voluntad del Padre, me pongo a buscarla, y porque he descubierto lo que Dios quiere de mí, aquí y ahora, me pongo a realizarlo movido por el Espíritu Santo.

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8. Nada de atormentarse con tontas imaginaciones

«¡Ah qué imaginación de volcán tiene ella!» , le dice Concepción Cabrera a Teresa de María; por eso le recomienda: «Nada de atormentarse con tontas imaginaciones» ; «Ya te veo luchando, pensando, imaginando, adelantándote a los acontecimientos, sufriendo por anticipado. ¿Para qué? ¿Qué ganas? Abandónate, repito, en brazos de Jesús y de María; no calcules con Dios, y déjate hacer, llevar o traer, segura de la victoria. La confianza vence el corazón de Dios» .
El presente es un instante entre el pasado y el futuro. Corremos el peligro de huir del presente viviendo en el pasado, recordándolo, o en el futuro, imaginándolo. Una de las tareas del presente es visualizar el futuro y planearlo, pero también es cierto que las preocupaciones por el futuro pueden robarnos las alegrías y satisfacciones del presente.
Jesús nos invita a confiar en la providencia de Dios, y nos dice: «no se preocupen por el mañana; […] a cada día le bastan sus problemas» (Mt 6,34). Como eco de estas palabras, Concepción le dice a su hija: «¡Ah qué cabecita que todo lo ve como montaña y se adelanta los acontecimientos! Sufre lo de cada día y no te amontones futuros» .
Vivir cada día lo que corresponde implica estar donde estamos con la mente y el corazón y no en otra parte, hacer lo que hacemos con el 100% de atención y pasión y no como un mero trámite para algo más.
Para lograrlo, necesitamos ejercitarnos con paciencia y perseverancia, volviendo una y otra vez al presente, concentrando allí toda nuestra persona. En los textos de Concepción arriba citados vienen varias recomendaciones útiles; veamos algunas más: «Ata la imaginación, edúcala» ; «no debes darle oídos» a la imaginación; «a ponerse un impermeable en la imaginación» ; «No veas moros con tranchete» .


Carta del 9 oct 1918, en Cartas a Teresa de María, México 1989, 259.

Carta del 26 may 1923, en Ibíd., 388.

Carta del 31 oct 1923, en Ibíd., 424.

Carta del 31 oct 1923, en Ibíd., 377.

Carta del 4 jul 1922, en Ibíd., 382.

Carta probablemente de 1908, en Ibíd., 54.

Carta escrita por julio de 1922, en Ibíd., 376.

Carta probablemente de fines de abril de 1909, en Ibíd., 46.

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