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Pablo Vera Olvera

[Sacerdote, religioso, fundador]

Nació en Querétaro, estado del mismo nombre, México, el 7 de junio de 1920. Hijo de Antonio Vera Mancilla y Ana María Olvera Martinez. Hizo sus estudios primarios en su ciudad natal, luego ingresó a la Escuela Apostólica de los Misioneros del Espíritu Santo en 1930. Profesó el 15 de agosto de 1937. Fue ordenado el 20 de marzo de 1943 en Roma. Conoció y trastó a Concepción Cabrera de Armida y al padre Félix de Jesús Rougier. Fue maestro de novicios, profesor y rector del Seminario Conciliar de Lima, Perú. Desempeño variosa cargos de gobierno vicario general en su congregación, secretario, procurador General ante la Santa Sede y postulador de las Causas de los venerables Félix de Jesús Rougier, Concepción Cabrera de Armida y Ramón Ibarra y González. Además de los cargos que su congregación le confió, fue notable su pastoral entre las religiosas. Ayudó a muchas congregaciones, especialmente a las de la Familia de la Cruz a adaptar sus constitutciones después del Concilio Vaticano II y de la promulgación del código de Derecho Canónico en 1893. Fue designado por el padre José Guzmán, superior general de los Misioneros del Espíritu Santo, para colaborar en la fundación de las religiosas Oblatas Eucarísticas de la Soledad de María, al lado e la madre María Pons. Murió en la ciudad de Guadalajara el 23 de noviembre de 2003. Sus restos están sepultados en la cripta de Cristo Sacerdote en la ciudad de Guadalajara.

 

 

 

 

 

 

 

“La cadena de Amor”

Muy querida hija en Jesús:
Por la conversación espiritual que tuvimos en marzo, veo que N. S. tiene otra predilección para ti al darte el deseo de vivir la Cadena de Amor.
Más que una práctica piadosa, es nada más que el ejercicio de tu sacerdocio bautismal lo que Jesús te pide. Por eso es necesario ver la Cadena de Amor en su dimensión teologal.
Pienso, mi querida hija, en lo que significó para la naturaleza humana de Jesús el sentirse escogida y poseída personalmente por el Verbo de modo constante, inseparable. Para esa naturaleza creada, temporal como la nuestra, eso significa una elevación y una dignación única. Así quedó unida a los planes misericordiosos del Padre. Esos planes son esencialmente la salvación de la humanidad por el Verbo divino y la gloria perfecta del Padre en la obediencia salvífica del Hijo.
Y como la salvación consiste en unir al hombre con Dios, en participarle la vida divina, en expiar por amor la ofensa del pecado, para todas esas maravillas quedó unida la humanidad Santa de Jesús al Verbo Divino. Como el Yo de Jesús es un Yo divino, todas las acciones de Jesús como hombre, son acciones divinas, hasta las más ordinarias. La humanidad de Jesús es el instrumento conjunto a la divinidad y la que le permite hacer las acciones salvíficas, según el plan escogido por el Padre.
Los dos extremos que debe unir, es decir: Dios y el hombre son una sola cosa en Jesús.
Pues ese misterio único, que forma una creación aparte, más admirable y grandiosa que todo el resto de la creación, Jesús nos lo hace participar por la gracia. San Juan la llama “semilla” de Dios.
Esa participación dista infinitamente de la unión personal que el Verbo tiene con la humanidad de Jesús. Pero, aunque es accidental para nosotros, es divina y el Señor nos la comunica a modo de sustancia, con una intimidad que penetra y eleva nuestra persona a la altura de participar la vida divina.
Como Jesús estamos llamados a continuar su obra de salvación. Nuestra vida tiene pues, el germen divino que exige desarrollarse y expresarse en una serie ininterrumpida de acciones humanas animadas por la misma vida de Jesús que se nos ha comunicado.
Como ves, hija, Jesús comenzó en la tierra una Cadena de actos de valor infinito con los cuales salvó al mundo. Su adoración al Padre, su amor, todas las delicadezas de obediencia filial, a su Padre, todas las virtudes perfectísimas que Él practicó, y muy especialmente su Sacrificio voluntario, el acto más grande de amor que registra la historia, todo fue para glorificar al Padre en la salvación del hombre.
El acto central de esa Cadena de amor de Jesús, fue siempre su oblación sacerdotal.
Él se ofreció como Sacerdote y Víctima para realizar los planes del Padre. Y se sigue ofreciendo glorioso en el cielo.
Pero nosotros somos su cuerpo místico, formamos una sola cosa con Él mismo, somos su familia; su sangre. Y tenemos la oportunidad que Él nos ha dado misericordiosamente, de unirnos a su obra sacerdotal. Nuestra vida de bautizados debe ser una vida de unión plena al ser y a la misión sacerdotal de Jesús. Así como Él tuvo una oportunidad “limitada” de sufrir, que duro lo mismo que su permanencia en la tierra, así nosotros tenemos el privilegio “Temporal” de sufrir con Él y por las mismas intenciones salvíficas de Él.
Nuestra vida corre y se va. Un día terminará esta situación actual: ya no podremos hacer actos meritorios de virtudes y sacrificio. Hija mía, urge aprovechar al máximo el tiempo haciendo con amor la misma obra de Jesús, que Él nos ha encomendado.
Esas son las bases Teológicas muy claras y sencillas en su inmensa grandeza.
La práctica se reduce al amor. Es una cadena de amor. Sus eslabones atan con los lazos delicados del amor. Te unen a Jesús. De modo que todo lo tuyo sea de Jesús. Él pone sus méritos divinos, su sangre, su amor divino al servicio de ti, su pequeña criatura, su hija amadísima, y tú le das las pequeñeces que vayas haciendo: tus actos de virtud, tus vencimientos y sacrificios, sobre todo tu amor. Y así como la gota de agua que nos representa en el cáliz se hace una sola cosa con la Sangre de Jesús, así tus acciones se harán divinas y tendrán los méritos de Jesús.
Una cosa es indispensable: que ofrezcas a Jesús y que te ofrezcas con Él. Ese es el acto sacerdotal central y el que da sentido a esta vida entregada al amor.
Todo, como ves, se reduce a un amor consciente, sencillo, puro, obediente, sacrificado y filial.
Que la Sma. Virgen, que es quien mejor ha seguido a Jesús por este camino, te enseñe esos secretos de amor y te ayude a vivirlos para bien de muchísimas almas.
Te bendigo cariñosamente.
¡Felices Pascuas!
Pablo Vera O. MSpS.
8 de abril de 1975.