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capilla de la Soledad

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82.- Oración

Yo sé que estás conmigo, porque todas
las cosas se me han vuelto claridad:
porque tengo la sed y el agua juntas
en el jardín de mi sereno afán.
Yo sé que estás conmigo, porque he visto
en las cosas tu sombra, que es la paz;
y se me han aclarado las razones
de los hechos humildes, y el andar
por el camino blanco, se me ha hecho
un ejercicio de felicidad.
No he sido arrebatado sobre nubes
ni he sentido tu voz, ni me he salido
del prado verde donde suelo andar....
¡otra vez, como ayer, te he conocido
por la manera de partir el pan!

José María Pemán (1897-1981)


83.- Meditación de la Soledad de María

Composición del lugar

Palidecidas las rosas
de tus labios angustiados;
mustios lo lirios morados
de tus mejillas llorosas;
recordando las gozosas
horas idas en Belén,
sin consuelo ya y si bien
que sus soledades llene...
¡Miradla por donde viene,
hijas de Jerusalén!

Meditación

Virgen de la Soledad:
rendido de gozos vanos,
en las rosas de tus manos
se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
en tu pecho sin aliento, l
a mañana del portento,
tus manos fueron, Señora,
la primera cruz redentora:
la cruz del sometimiento.
Como tú te sometiste,
someterme yo quería:
para ir haciendo mi vía
con sol claro o noche triste.
Ejemplo santo nos diste
cuando, en la tarde deicida,
tu soledad dolorida
por los senderos mostrabas:
tocas de luto llevabas,
ojos de paloma herida.
La fruta de nuestro Bien
fue de tu llanto regada:
refugio fueron y almohada
tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
tu falda cuna le hacía,
y sobre Él tu amor volvía
a las angustias primeras...
Señora: si tú quisieras
contigo lo lloraría

Coloquio

Por tu dolor sin testigos,
por tu llanto sin piedades,
Maestra de soledades,
enséñame a estar contigo
Que al quedarte Tú conmigo,
partido ya de tu vera
el Hijo que en la madera
de la Santa Cruz dejaste,
yo sé que en Ti lo encontraste
de una segunda manera.
Yo en mi alma, Madre, lavada
de las bajas suciedades,
a fuerza de soledades,
le estoy haciendo morada.
Prendida tengo y colgada
ya mi cámara de flores.
Y a husmear por los alcores
por si llega el peregrino
he soltado en mi camino
mis cinco perros mejores.
Quiero yo que el alma mía,
tenga de sí vaciada,
su soledad preparada
por la gran compañía.
Con nueva paz y alegría
quiero, por amor, tener
la vida muerta al placer
y muerta al mundo, de suerte
que cuando venga la muerte
le quede poco por hacer.

Oración final

Pero en tanto que Él asoma,
Señora, por las cañadas,
 -¡por tus tocas enlutadas
y tus ojos de paloma!-
recibe mi angustia y toma
en tus manos mi ansiedad.
Y séame por piedad,
Señora del mayor duelo,
tu soledad sin consuelo,
consuelo en mi soledad.

José María Pemán (1897-1981)


84.- Oda al Santísimo Sacramento del Altar

Exposición

Cantaban las mujeres por el muro clavado
cuando te vi, Dios fuerte, vivo en el Sacramento,
palpitante y desnudo, como un niño que corre
perseguido por siete novillos capitales.
Vivo estabas, Dios mío, dentro del ostensorio.
Punzando por tu padre con agujas de lumbre.
Latiendo como el pobre corazón de la rana
que los médicos ponen en el frasco de vidrio.
Piedra de soledad donde la hierba gime
y donde el agua oscura pierde sus tres acentos,
elevan tu columna de nardo bajo nieve
sobre el mundo de ruedas y falos que circula.
Yo miraba tu forma deliciosa flotando
en la llaga de aceites y paño de agonía,
y entornaban mis ojos para dar en el dulce
tiro al blanco de insomnio sin un pájaro negro.
Es así, Dios andado, como quiero tenerte.
Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas en expresión exacta
por amor de la carne que no sabe tu nombre.
Es así, forma breve de rumor inefable,
Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil veces, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.
Cantaban las mujeres en la arena sin norte,
cuando te vi presente sobre tu Sacramento.
Quinientos serafines de resplandor y tinta
en la culpa neutra gustaban tu racimo.
¡Oh, forma sacratísima, vértice de las flores,
donde todos los ángulos toman sus luces fijas,
donde número y boca construyen un presente
cuerpo de luz humana con músculos de harina!
¡Oh, forma limitada para expresar concreta
muchedumbre de luces y clamor escuchado!
¡Oh nieve circundada por témpanos de música!
¡Oh, llama crepitante sobre todas la venas!

Dámaso Alonso (1898-1979)


85.- Soneto a los Arcángeles

Miguel

Al riesgo y la virtud libró su vuelo;
y el pie que alzó entre brisas luminosas
tocó la oscuridad y las ruidosas
orillas donde el monstruo hunde su suelo.
Se oyó el abismo de la tierra al cielo.
Y ante el mundo sangrante de las cosas
cortó el arcángel las pestilenciosas
cabezas de volcánico flagelo.
La Virgen de las vírgenes subía
del cielo que enfloró con nuevas voces
a otro cielo de incógnita alegría.
Suspendiendo los coros de la vida
pasó el arcángel –nube y luz veloces-
punzando estrellas con su espada henchida.

Gabriel

Ábrete, rosa, danza, lirio oscuro,
vengan los aires en rondas doradas.
Abajo las raíces enlazadas
fiestas profundas lían bajo el muro.
Cayó, de sólo miel, fruto maduro;
el rocío salió de sus miradas
a recibir las primeras pisadas
que al jardín anunciaron el conjuro.
Perfumes y palomas espirales
ala de aroma a la noticia dieron.
Silencio en el planeta. Matinales
manos abrieron pequeña ventana,
y a la mano los pájaros vinieron
abandonando la viril mañana.

Rafael

Hundió el arcángel la brillante mano
en el agua y el pez fue prisionero.
Del hígado fluvial sacó el lucero
que hizo el eclipse de los ojos vano.
Y la sombra cayó del cuerpo anciano
y amontonó su manto pordiosero
al pie del joven cuya voz primero
calló en sus ojos y apretó su mano.
El arcángel de pie junto a la puerta
miraba las miradas y en sus ojos
brincó la luz en peces descubierta.
La noche en cantos familiares vino
cuando el arcángel con los dedos rojos
tomó sus alas y salió al camino.

Carlos Pellicer (n. 1899)


86.- La estancia vacía

(Fragmento)

Estoy solo y me oculto en mi inocencia.
Dios ha pasado por mi vida. Tengo
como un espejo roto entre las manos
el sereno prodigio de mi infancia.
Mis padres, mis hermanos, todos juntos
como el borde del mar. Los surcos ávidos
se borran en la arena. Estoy yo solo.
Estoy solo, Señor, en la ribera
reverberante de dolor. Las nubes
se espacian, vastas, grises, mar adentro.
Entre el salado vaho de los pinos
la luz en estupor de la distancia,
lo mismo que un barranco. Estoy yo solo.
Estoy solo, Señor. Respiro a ciegas
el olor virginal de Tu palabra.
Y empiezo a comprender mi propia muerte;
mi angustia original, mi dios salobre.
Crédulamente miro cada día
crecer la soledad tras las montañas:
Y mientras juego en los desnudos patios
es como un peso enorme Tu silencio.
Tu silencio, Señor. Camino a oscuras
a través de mi alma. Estoy yo solo.
Estoy solo, Señor, en Tu mirada.
Y conozco la sed que Te adivina
lleno de limpidez sobre la cumbre.

Leopoldo Panero (1909-1962)


87.- Casi roto de Ti

Como rotos de Ti tengo mis huesos.
Tengo mi corazón como un baldío
de Ti; y estoy de Ti como sombrío
en la luz de mis bosques más espesos.
Mis altas horas arden, y mis besos
arden, queman de Ti: queman de frío,
de ausencia, como caen desde el vacío
las estrellas, la noche tras los tesos.
¡Oh tesos que se alhajan con mi pena!
Como rota de Ti, mi pesadumbre
siento en el corazón y entre las manos.
Como rota, Señor, mi sangre suena
en soledad de Ti, de Ti en costumbre:
llenos de Ti mis huesos, pero humanos.

Leopoldo Panero (1909-1962)


88.- El silbo del dale

Dale al aspa, molino, hasta nevar el trigo.
Dale a la piedra, agua, hasta ponerla mansa.
Dale al molino, aire, hasta lo inacabable.
Dale al aire, cabrero, hasta que silve tierno.
Dale al cabrero, monte, hasta dejarlo inmóvil.
Dale al monte, lucero, hasta que se haga cielo.
Dale, Dios, a mi alma, hasta perfeccionarla.
Dale que dale, dale, molino, piedra, aire,
cabrero, monte, astro; dale que dale largo.
Dale que dale, Dios, ¡ay! hasta la perfección.

Miguel Hernández (1910-1942)


89.- Gracias Señor

Gracias, Señor, porque estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra acumulada,
que tu luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que a la muerte
me acercas...
Y sueño...
Y pasas...
Hombre, te vas quedando mudo
cuando conoces las palabras.
No te dicen lo que decían
allá en el aire de tu infancia
cuando, en lucha por poseerlas
y no tenerlas encerradas,
ibas del corazón que pide
hasta los labios que proclaman.
Pero te vas quedando mudo
de conocerlas, de apresarlas,
de mezclarte, tú, que eres tierra,
con su antigua, celeste gracia;
de repartirlas como lluvia
entre los surcos de tu alma
y ver tan lejos la cosecha,
tan repetida la jornada,
de sol a sol tus campos yertos,
y de silencios acechada
tu soledad donde no encuentras
más música que la que hablas.
Hombre, te vas quedando mudo,
y tenías sólo palabras.
¿Qué llevarás al Dios que espera
y va acortando tus distancias...?

José García Nieto (n. 1914)


90.- Igual que nosotros

Desesperadamente busco y busco
un algo, qué sé yo qué, misterioso,
capaz de comprender esta agonía
que me hiela, no sé con qué, los ojos.
Desesperadamente, despertando
sombras que yacen, muertos que conozco,
simas de sueño, busco y busco un algo,
qué sé yo dónde, si supieseis cómo.
A veces, me figuro que ya siento
qué sé yo qué, que lo alzo ya y lo toco,
que tiene corazón y que está vivo,
no sé en qué sangre o red, como un pez rojo.
Desesperadamente, le retengo,
cierro el puño, apretando el aire sólo...
Desesperadamente, sigo y sigo
buscando, sin saber por qué, en lo hondo.
He levantado piedras frías, faldas
tibias, rosas, azules, de otros tonos,
y allí no había más que sombra y miedo,
no sé de qué, y un hueco silencioso.
Alcé la frente al cielo: lo miré
y me quedé, ¡por qué, oh Dios!, dudoso:
dudando entre quién sabe, si supiera
qué sé yo qué, de nada ya y de todo.
Desesperadamente, ésa es la cosa.
Cada vez más sin causa y más absorto
qué sé yo qué, sin qué, oh Dios, buscando
lo mismo, igual, oh hombres, que vosotros.

Blas de Otero (n. 1916)


91.- Poderoso silencio

Oh, cállate, Señor, calla tu boca
cerrada, no me digas tu palabra
de silencio; o Señor, tu voz se abra,
estalle como un mar, como una roca
gigante. Ay, tu silencio vuelve loca
el alma. Ella ve el mar, más nunca el abra
abierta; ve el cantil, y allí se labra
una espuma de fe que no se toca.
¡Poderoso silencio, poderoso
silencio! Sube el mar hasta ya ahogarnos
en su terrible estruendo silencioso.
¡Poderoso silencio con quien lucho
a voz en grito: grita hasta arrancarnos
la lengua, mudo Dios al que yo escucho!

Blas de Otero (n. 1916)


92.- Al Niño Dios

El alba tomó cuerpo en tu figura,
el aire se hizo carne, los rosales
desangraron sus rosas virginales
para crear tu piel silente y pura.
Desparramó la brisa su ternura,
la luz cuajó en tu forma sus cristales,
la luna derramó sus manantiales
para crear en Ti nuestra ventura.
Divinidad que, tan pequeña y suave,
se hace niña en tu carne redentora,
en lo infinito ni siquiera cabe.
En Ti la eternidad tiene su aurora,
en Ti nada se halla que se acabe,
oh alba de Dios que entre la paja llora.

Rafael Morales (n. 1919)


93.- Cancioncilla del pajar de Belén

Qué feliz la paja es bajo la luz de la luna.
Porque Dios sirve de cuna es ya más gloria que mies.
Cantad, pastores, cantad, que esta noche es Navidad.
A Dios arrulla y sostiene la paja tierna y delgada.
La paja que a Dios contiene es ya más cielo que nada.
Cantad, pastores, cantad, que esta noche es Navidad.

Rafael Morales (n. 1919)


94.- Me llamaste

Me llamaste de lejos tantas veces
sin que yo a tu llamada respondiera,
sin que mi ciego supiera
de tanto amor como, al llamar, me ofreces,
que ahora, que yo te busco, me pareces
en la quietud divina de tu espera
algo tan fiel que el corazón quisiera
saber por qué tan firme permaneces.
Yo soy, Señor, el sordo del camino,
el que buscaba a tientas un destino
que a una ebriedad de sombras me llevaba.
Y Tú estabas aquí, firme, despierto,
como la voz que clama en el desierto
por el que yo, embriagado, caminaba.
Por Ti le he preguntado a las estrellas
cuando, para buscarte, no sabía
qué camino, Señor, me enseñaría
el divino regalo de tus huellas.
Te busqué por las noches, por aquellas
en que el cielo en tu nombre se encendía
y anduve entre las aguas y, por ellas,
pensé que al navegar te encontraría.
Siempre te busqué fuera de mí mismo;
en el viento, en la roca, en el abismo,
creyendo que en lo inmenso te encontrabas.
Y no miré, Señor, a mi costado
donde estabas mostrándote a mi lado
por la manera con que el pan costabas

Luis López Anglada (n. 1919)


95.- Viento de invierno

Si me hiciste, Señor, de barro tierno,
de húmedas albas silenciosas,
¿cómo no dar, por mi terrestre invierno,
la más perfecta de tus rosas?
Si me hiciste de musgo y llamas locas,
de arena y agua y vientos fríos,
¿no he de buscar mi ser entre las rocas,
en las arenas y en los ríos?
¿No he de sentirme enriquecido al verlos
en olorosa y cruda guerra,
si me diste dos pies, para tenerlos
siempre en contacto con la tierra?

José Hierro (1922)


96.- Salmo del propósito de fe

Procuraré que la esperanza mía
tenga nave que surque tu pureza.
Procuraré, Señor, que mi tristeza
mude, con tu Mirada, en alegría.
Procuraré que el sueño que tenía
–centinela de ronda e mi cabeza-
quiera apostar mi fe por tu grandeza
soñando como yo te soñaría.
Toda mi fe la tengo como un vuelo
contenido en el hueco de la mano
con la que acaso pida merecerte.
Mi sangre derramada por el suelo,
de su sueño quizá pueda temprano
despertar en su Seno con la muerte.

José Gerardo Manrique de Lara (n. 1922)


97.- Canto a la vida después de la muerte

Gracias, Dios mío, por haber nacido
y del antiguo sueño despertado.
Y ahora que ya no soy, por haber dado
a aquél que fui, la gloria de haber sido.
Porque hubo un largo tiempo indefinido
en que no estaba aún determinado
si habrías de animar lo inanimado
o dejarme por siempre en el olvido.
Más hoy en que las olas me han traído
a las lejanas radas de este puerto
todo cobra de nuevo su sentido.
¡Si yo duermo es porque estuve ayer despierto!
¡Que el alto privilegio de estar muerto
es la confirmación de haber vivido!

Torcuato Luca de Tena (1923-1999)


98.- A solas con mi Dios

A solas con mi Dios nocturno, a veces
me hundo en la noche, en el tranquilo reino.
Reposo entonces, y lo oscuro brilla
en el fondo del alma, junto al cielo.
Silencio puro. Mi Señor reposa.
Quietud solemne. Todo el fondo quieto.
Inmenso, Dios descansa sobre el alma
que le adora allí dentro.
Siga el reposo hasta que venga el día.
Con paz honda, a tu lado inmóvil velo
tu celeste callar apaciguado
dentro del alma, en el silencio.
¡Oh, oscura noche grave; oh Dios nocturno
que vas pasando por el alma lento,
para después amanecer con la clara
luz, con sonidos claros, claros vientos!
Pero siga el reposo y la nocturna
luz de la luna sobre el grave sueño.
Allá en el fondo calla el hombre, y se alza
la noche de los cielos.

Carlos Bousoño (n. 1923)


99.- Tristeza

Tal vez el mundo sea bello,
cuando el sol claro lo ilumina,
pero yo sé que hay hombres tristes
como l lluvia gris y fría.
Yo sé que hay hombres sobre cuyas almas
pasó de Dios quizá la sombra un día.
Pasó, y hoy queda sólo ausencia
en donde la tristeza brilla.
Hombres tristes en todos los caminos
con la tristeza pensativa.
Tal vez la aurora sea pura,
el aire delicado, claro el día.
Más muchos hombres hay como la lluvia
oscura y infinita.
Escúchame, Señor. Mi voz hoy sólo
tiene palabras de melancolía.
Sobre la tarde inmensa cae la lluvia
monótona, fría.

Carlos Bousoño (n. 1923)


100.- Plegaria a Dios por la realidad

Dame el amanecer con su corola,
la fresca tierra con sus frescos ríos
y la montaña con su larga cola
de desafíos.
Dame la piedra y su contorno duro.
Dame la libertad con su albedrío.
El fondo inmenso y el fragor maduro
del mar bravío.
Dame los cielos con su nombre hermoso.
Dame su anchura donde yo te sienta,
donde estar vivo puede ser reposo
que no se aumenta.
Dámela Tú. ¡que pueda yo tocarte,
meter mi mano en los espesos cielos,
y tropezarte vivo y arrancarte
vivo y sin velos!

Carlos Bousoño (n. 1923)


101.- De qué modo

¿Dónde te encuentras, Dios? ¿Cuál es tu nombre?
¿De qué modo he de hablar para que oigas
mi corazón pequeño, palpitando,
con un fugaz temblor, entre las cosas?
¿De qué modo soñarte
para quedar despierto en tu memoria?
¿De qué modo he de andar para que veas
los pasos de mi vida por las horas?
¿Y de qué modo, Dios, he de callarme
para nombrarte, con mi muerte a solas?

Rafael de Penagos (n. 1924)


102.- Acción de gracias

Quiero que cada cosa te lo diga:
Gracias Señor, por hombre, por destino,
por cielo y mar, por árbol, por espino,
gracias por tierra y lluvia y sol y espiga.
Gracias, sí, por tristeza y por amiga,
por madre y por amor para el camino,
por hostia y cruz, por pájaro y por trino,
por toda voluntad que se te obliga.
Gracias, Señor, por muerte, por conciencia,
por el pecado y por la penitencia,
por mañana y ayer, por este hoy;
por la lumbre y la paz de universo,
por la piedra y la estrella, por el verso,
por el barro con alas que yo soy.

Antonio Murciano (n. 1929)


103.- Oración por todos los días

Padre de todos los mundos,
yo te demando y suplico:
Por los que fueron ayer
y por los que nunca han sido,
por los que serán mañana
y por los que hoy son. Te pido,
que al igual que los abuelos
de los padre de los míos,
que mis hijos y los hijos
de los hijos de mis hijos,
y los sucesivamente
por los siglos de los siglos,
en Ti busquen y en Ti encuentren
el Camino.

Antonio Murciano (n. 1929)


104.- Blanco soneto de la paz

La letra P miradla aquí en mi frente,
la P de pan, la letra más del pueblo,
la P de piel y pobre y pena y patria,
la letra que promete primavera.
La primera en la frente. La segunda,
de A de angustia, de amargor, de ausencia,
dejadme convertirla en alegría,
en letra A de amor para la boca.
La tercera en el pecho, hablo de cruces,
hablo de guerras y de camposantos,
de la Z que encierra la ceniza.
Tres letras son y están en la esperanza.
Vénzanos la blancura de su nombre
y vuelve por los cielos su paloma.

Antonio Murciano (n. 1929)

105.- Si fuera yo, si fuera yo, si fuera

Si fuera yo, si fuera yo, si fuera
un pájaro de llama enamorado,
un pájaro de luz tan incendiado
que en silencio de tu noche ardiera;
si pudiera subirme, si pudiera
muy más allá de todo lo creado
y en la última rama de mi Amado
pusiera el corazón y el alma entera;
si aún más alto, más alto y más volara,
allí donde no hay aire ya, ni vuelo,
allí donde tu mano es agua clara
y no es preciso mendigar consuelo,
allí -¡qué soledad!- yo me dejara
dulcemente morir de tanto cielo.

José Luis Martín Descalzo (n. 1930)


106.- ¿Y qué has hecho de mí?

¿Y qué has hecho de mí, pues a desierto
me sabe todo amor cuanto de has ido?
Tú lo sabes muy bien: yo siempre he sido
un mendigo de amor en cada puerto.
Tendí mi mano en el camino incierto
de la belleza humana: cualquier nido
podía ser mi casa; y he pedido
tantos besos que tengo el labio muerto.
Y ahora todo es sal. Me sabe a tierra
el pobre corazón. Estoy vacío.
El calor de un abrazo es calor frío.
Pues tu amor me redime y me destierra
y sé que mientras Tú no seas mío
hasta la paz va aparecerme guerra.

José Luis Martín Descalzo (n. 1930)


107.- Al aire de tu vuelo está en mi vida

Al aire de tu vuelo está en mi vida.
Perdido en el silencio más delgado,
despojado de mí, deshabitado,
abierto estoy como se abre una herida.
Abierto a Ti, mi corazón se olvida
de respirar, y, estando tan callado,
escucha los latidos del Amado,
la voz de amor que a más amor convida.
El pico al aire, el viento de tu viento
respirará gozoso en la arboleda,
porque tu voz es todo mi alimento.
Y, mientras a tus pies mi canto queda,
en el silencio dormiré contento.
Lejos el mundo rueda, rueda y rueda.

José Luis Martín Descalzo (n. 1930)


108.- Al acercarme al agua de tu río

Al acercarme al agua de tu río
lo que yo fui se fue desvaneciendo,
lo mucho que soñé se fue perdiendo
y de cuanto yo soy ya nada es mío.
Ya sólo en Ti y en tu hermosura frío,
soy lo que eres, acabaré siendo
rastro de Ti, y triunfaré perdiendo
en combate de amor mi desafío.
Ya de hoy no más me saciaré con nada;
sólo Tú satisfaces con tu todo.
Un espejo seré de tu mirada,
esposados los dos, codo con codo.
Y, cuando pongas fin a mi jornada,
yo seré Tú, viviendo de otro modo.

José Luis Martín Descalzo (n. 1930)


109.- Lo que veo

Ahora que estamos solo, Cristo,
te diré la verdad: Señor, no creo.
¿Cómo puedo creerme lo que veo
si la fe es creer lo que no he visto?
Si oigo tu voz en mí, ¿cómo resisto?
¿Cómo puedo buscar, si te poseo,
si te mastico, si te saboreo?
Esta es mi fe: Comulgo, luego existo.
No tendré que saltar sobre el vacío
para llegar al borde de tus manos
o poner en tu pecho mi cabeza.
Más dentro estás de mí que lo más mío.
Conozco más tu voz que mis hermanos.
Que es más cierta tu fe que la certeza.

José Luis Martín Descalzo (n. 1930)


110.- Corpus Christi

                    I

Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste,
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento.
Así mi cuerpo os doy por alimento...
¡Qué prodigio de amor! Porque quisiste,
diste tu carne al pan y te nos diste,
Dios, en el trigo para sacramento.
Y te quedaste aquí, patena viva;
virgen alondra que le nace al alba
de vuelo siempre y sin cesar cautiva.
Hostia de nieve, nube, nardo, fuente;
gota de luna que ilumina y salva.
Y todo ocurrió así, sencillamente.

                        II

Sencillamente, como el ave cuando
inaugura, de un vuelo, la mañana;
sencillamente, como la fontana
canta en la roca, agua de luz manando;
sencillamente, como cuando ando,
como cuando Tú andabas la besana,
cuando calmabas sed samaritana,
cuando te nos morías perdonando.
Sencillamente. Hora de paz. ¡Qué leves
tus manos para el pan, para el amigo!
Cena de doce y Dios. Noche de Jueves.
Y era en Jerusalén la primavera.
Y era blanco milagro ya aquel trigo.
Sencillamente: “Este es mi cuerpo”. Y era.

                        III

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que sólo un soplo de aire le sostiene.
Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni límites, no cesa,
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.
Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma ondulante;
las torres en tropel, campaneando.
Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
–poco de pan, copo de pan- pasando.

Antonio y Carlos Murciano


111.- Señor que lo quisiste...

Señor que lo quisiste: ¿para qué habré nacido? ¿Quién me necesitaba, quién me había pedido?
¿Qué misión me confiaste? Y ¿por qué me elegiste;
yo, la inútil, la débil, la cansada...? La triste.
Yo, que no sé siquiera qué es malo ni qué es bueno,
y su busco las rosas y me aparto del cieno,
es sólo por instinto... Y no hay mérito alguno
en la obediencia fácil a un instinto oportuno...
Y aún más: ¿Pude hacer siempre todo lo que he intentado?
¿Soy yo misma siquiera lo que había soñado?
¿En qué ocaso del alma he disipado el luto?
¿A quién hice feliz tan siquiera un minuto?
¿Qué frente oscura y torva se iluminó de prisa
tan sólo ante el conjuro de mi pobre sonrisa?
¿Evitar a cualquiera pude el menor quebranto?
¿De qué sirvió mi risa, de qué sirvió mi llanto?
Y al fin, cuando me vaya fría, pálida, inerte...
¿Qué dejaré a la Vida? ¿Qué llevaré a la Muerte?
Bien sé que todo tiene su objeto y su motivo:
Que he venido por algo y que para algo vivo.
Que hasta el más vil gusano su destino ya tiene,
que tu impulso palpita en todo lo que viene...
Y que si lo mandaste fue también con la idea,
de llenar un vacío, por pequeño que sea...
Que hay un sentido oculto en la entraña de todo:
En la pluma, en la garra, en la espuma, en el lodo...
Que tu obra es perfecta, oh Todopoderoso,
Dios Justiciero, dios Sabio, Dios Amoroso...
El Dios de los mediocres, los malos y los buenos...
En tu obra no hay nada ni de más ni de menos...
Pero... No sé, Dios mío; me parece que a Ti
-¡un Dios...!- te hubiera sido fácil pasar sin mí...

Dulce María Loynaz (n. 1947)


112.- Noche oscura del alma

A veces tengo miedo a la espesura
y a veces la deseo. Se me asoma
el miedo al alma en quiebro de paloma
y a veces ese miedo es calentura
que quisiera asfixiarme. La ternura
del corazón el pecho me desploma
en un fuego de amor que al alma toma
y la convierte en presa de locura.
A veces tengo miedo. No sabría
decir de qué. Pero es un miedo ciego.
Miedo a la soledad, a la agonía,
miedo a perder mi parte de alegría
y a dudar de un cariño que no niego...
Tengo miedo, Señor. Y ya es de día.

Santiago Castelo (n. 1948)


113.- Sin la mano de Dios

Señor,
no he perdido la fe.
Creo en Ti. Existes.
Has hecho el Universo. Lo conservas.
Has creado a los hombres
y alientas su vivir. Desalentado.
Puedes aniquilarlos. Eres justo.
Y sé que nos guardas
tras el vaho más último que se desprenda
de nuestros pechos.
Es tu mano la que no sé sentir entre las mías.
Tu mano que a diario
apretaba,
temblorosamente. Desgarradamente. Apasionadamente.
No digo que fue alucinación esa tu entrega
palpitante y sensible –oh, aún conservo
unas sutiles rayas en la palma de mis manos-.
Pero hoy... no sé pedirte nada. Ni siquiera mi aliento
fluye desesperado hacia tu pecho. Por que hoy
tiene forma de niebla
estancada –es de noche-
en la vasija de este pecho mío.

Ma. Elvira Lacaci


114.- Huyendo

De Ti, Dios, voy huyendo. Peregrino
de táctiles oasis en el centro
del gran desierto de mis manos, entro
–de espaldas de tu amor- en mi destino.
Huérfano de tu pan y de tu vino,
pierdo las fuerzas. Se me muere dentro
del corazón tu luz, y sólo encuentro
tiniebla sin orilla en mi camino.
Siempre huyo de Ti. Llorando acaso,
pero grito que soy mío y no tuyo
y que necesito que me quieras.
Pisando frías rosas a mi paso,
huyo de Ti. Pero por más que huyo,
con eterna paciencia Tú me esperas.

José Javier Aleixandre


115.- Necesidad de Ti

Necesidad de ti. Total. Aspiro
a que tu fuego de una vez me abrase.
Mi corazón sediento de trasvase
se eleva a la medida de tu giro.
Hacia tu vertical el cuerpo estiro.
Por tanto miedo a que mi sed fracase,
muere en los labios la encendida frase
y apenas si te llamo, si respiro.
En mi almohada te busco, todo entero,
cuando vuelvo sin ti, y anochecida,
con una palmatoria porque veas
mi cárdena tristeza, el sumidero
salobre de mis pómulos, la herida
por la que dulcemente me golpeas.

Sagrario Torres


116.- Oración

Un hombre soy de tierra.
Tierra oscura plantada de esperanza,
pobre tierra que piensa.
Mi voz involuntaria de testigo,
rotundamente humilde, no traspasa
la frontera de Dios, con tanto ruido.
La vida se me ha vuelto una pregunta.
Sin entendernos, Dios y yo, distintos,
llevamos nuestras soledades juntas.
Mi voz va por el aire,
tierra de Dios, sus voces
cruzan mi corazón, tierra de nadie.
Y estoy, como las islas,
rodeado de Dios por todas partes.
La muerte es una víspera.
Solidario de todo
(y yo sé que nada vale la alegría),
trato con mi contorno.
Esa orfandad hereditaria
que cada hombre recoge cuando nace,
torna mi voz desocupada.
Sigo esperando como siempre.
¿Dónde empieza el silencio interminable?
Un hombre soy de tierra y Dios no llueve.
No digo que sí o que no.
Digo que si Dios existe
no tiene perdón de Dios.
No digo que no o que sí.
Digo que me gustaría
que Él también creyera en mí.
Yo no le guardo rencor.
Si lo encuentro alguna vez
no perdonamos los dos.

Manuel Alcántara (n. 1928)


117.- Acróstico de la Cruz del Apostolado.

 

119 Oración por Haití (video You Tube) (power point)

Más.

Centro de Investigación y Difusión de la Espiritualidad de la Cruz. Ciudad de México.
Tel. 52 55 59144562 cidecweb@msps.org