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Capilla de la Soledad

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41.- Adoración profunda.

Custodia Concepción Cabrera de Armida
 

Me postro, Señor, humildemente para rendirte el tributo de adoración que puedo hacer a tu Majestad soberana; y me abismo reconociendo mi propia nada, y sobre eso, mis muchos pecados.
¿Cómo atreverme, Dios mío, a pensar en Ti, a hablarte, si están patentes a tus purísimos ojos de todo mi pasado, mi presente y hasta mi porvenir?
Con todo, Señor, me anima a estar en tu presencia divina la necesidad que experimenta mi corazón de acudir a Ti, y además, tu misericordia sin límites para con todos los pecadores y el amor y la confianza que como hijo te guarda mi corazón.

 Concepción Cabrera de Armida.


42.- ¡Oh Espíritu Divino!

¡Oh Espíritu Divino!
¿Cuándo será que el hombre no se busque a sí?
¿Cuándo volará no sólo a Ti, sino más aun en Ti?
¿Cuándo dejará la tierra en la tierra?
Danos estas gracias. Danos ese verdadero Temor de Dios, el cual, por puro amor y no por miedo, se lanza a evitar el pecado y el vil interés, en alas de la más pura caridad.
Amén.

Concepción Cabrera de Armida.


43.- Don de fortaleza

Espíritu Divino, danos tu don de Fortaleza. Dánoslo y te prometemos pelear contra nosotros mismos, extirpar los vicios del corazón y estar dispuestos siempre a luchar, pues “los que ponen en Ti su confianza, jamás serán confundidos”. ¡Venga, pues, a nosotros este don divino! Me negaré a mí mismo y tomaré mi cruz con entusiasmo santo, subiré al Calvario que es el monte del amor y todo lo podré en Aquél que me conforta.
Amén.

Concepción Cabrera de Armida.


44.- El don de Piedad

El alma verdaderamente piadosa huye de todo dolor que pueda encumbrarla y se oculta en la oscuridad de las virtudes; allí brilla el don y crece sin obstáculo. El don de Piedad aviva el fuego del amor activo en el alma y entonces, con esa fuerza divina, es capaz de los más encumbrados sacrificios.
¡Oh Espíritu Santo, amor purísimo y eterno del Padre y del Hijo! Por tu Verbo amadísimo, concédenos el don de Piedad, que nos haga arder en celestial incendio de caridad.

Concepción Cabrera de Armida.


45.- El don de Consejo

Oh, Espíritu amado, aunque no lo merecemos, haznos escuchar tus suavísimos consejos que nos librarán de todo mal. Maña nuestro interior con la dulzura de tu voz y enséñanos a cumplir siempre la divina voluntad sin vacilar.
Oración, amor y renuncia a nosotros mismos nos pides para regalarnos este tesoro; ayúdanos, pues, ilústranos, abrásanos y danos tu don de Consejo. Que tu fuego devorador consuma toda la escoria de nuestro interior.
Amén.

Concepción Cabrera de Armida.


46.- El don de la Ciencia

Este don lo regala el Espíritu Santo por medio de la oración o la contemplación.
Toda ciencia que no se funda en Dios es vana y peligrosa; toda ciencia que no proceda del Espíritu Santo, daña; la ciencia santa se encuentra en el fondo de un alma pura y sacrificada: ¡en la cruz está la verdadera ciencia de los santos!
Este don no lo da el Espíritu Santo en los libros, sino en el conocimiento claro de lo sobrenatural y divino por medio del trato íntimo y frecuente con Dios, por la oración.
¡Danos hoy, Espíritu Divino, este don de Ciencia, ya que anhelamos ser humildes!
¡Enséñanos a orar con lágrimas de contrición y desde lo profundo del corazón a llamarte en nuestra ayuda! En las oscuridades, sé nuestra luz, iluminando con tus esplendores nuestra pequeñez. Danos esa ciencia que hace amar la Cruz y nos descubre sus secretos.

Concepción Cabrera de Armida.


47.- El don del Entendimiento

El don del Entendimiento es un don intelectual, como el de Ciencia y Sabiduría, pero con sus cualidades propias. Hace conocer el alma los secretos de la gracia y le descubre sus insondables arcanos. El Espíritu Santo imprime en el entendimiento las verdades y los misterios de la Divinidad; es el agente del amor, porque comunica al alma sus luces y la hace amar lo único digno de ser amado.
¡Oh Dios de amor, oh amor de Dios! ¿En dónde estás que no me consumes? Dame ese don de Entendimiento para conocerte y conocerme, para amarme y saber quien soy.

Concepción Cabrera de Armida.


48.- El don de sabiduría

La Cruz es la verdadera Sabiduría de los Santos. La Sabiduría increada, Dios mismo, fue el que escogió la Cruz para la Redención del mundo; la persona verdaderamente sabia se crucifica. ¡Dichoso quien tiene este riquísimo don!

Concepción Cabrera de Armida.


49.- Espíritu consolador

El mundo se hunde porque se ha alejado el Espíritu Santo. Ahí está el remedio, porque Él es el Consolador, el Autor de toda gracia, el lazo de unión entre el Padre y el Hijo, y el conciliador por excelencia, porque es caridad, es el Amor increado y eterno.

Concepción Cabrera de Armida.


50.- Consagración del propio corazón

Espíritu Santo, te consagro mi corazón con todos sus afectos que, cautivado únicamente por tu amor, halle siempre en Ti la paz y la fuerza, la luz y todos sus dones y frutos.

Concepción Cabrera de Armida.


51.- Bendición del Espíritu Santo

Que el Espíritu Santo, fuente de toda Pureza, te la comunique por medio de la Cruz y del Amor, y guarde tu cuerpo y tu alma siempre puros y sin mancha hasta la vida eterna. Amén.

Concepción Cabrera de Armida.


52.- El camino más corto

 

Éste es el camino más corto: ˇMaría!, para ir al Espíritu Santo.

Concepción Cabrera de Armida.


53.- Quién eres Tú

¿Quién eres Tú, oh gran Desconocido?
¿Quién eres Tú, Espíritu de Dios, mi Dios?
Estás en mí y me sostienes, me envuelves y me penetras, alientas en mí y me das vida, pero, ¿quién eres Tú, divina nube?
Estoy empapado en ti, mi rocío, estoy perfumado en ti, mi aceite de alegría, estoy saciado en ti, fuente mía, estoy embriagado en ti, mi bodega, pero, ¿quién eres Tú, oh mar insondable?
Se me escapan los rasgos de tu personalidad y eres tú el gran principio personalizador, el que lanzas el yo hacia el tú, el que está creando mi yo para que pueda abrirme a ti.
No sé cómo eres, atmósfera en la que vivo, mi aliento vivificante, mi energía renovadora.
¿Qién eres Tú, Espíritu de Dios y mío?
Eres como risa contagiosa y beso delicado, como susurro penetrante y canto incontenible, como grito poderoso y fuego que transforma.
Y más, eres amigo y huésped, maestro y abogado, consolador y guardaespaldas, director y padre.
Pero ¿quien eres en verdad?
¿Cuál es tu nombre exacto, más allá de las imágenes y los símbolos, los afectos, las gracias y los títulos genéricos?
Sí, el Dedo de Dios, el Abrazo del Padre al Hijo, arco voltaico trinitario, el que todo lo recibe y todo lo da, el que todo lo crea y lo recrea, el Santo que todo santifica.
Pero ¿cuál es tu misterio, y tu secreto íntimo, tu verdad y definición, oh gran Desconocido y el más necesitado?
Siento tu respuesta: no puedes saber mi Nombre, me pierdo en la relación.
Yo soy la comunión; yo soy el espíritu de las cosas; yo soy el más adentro y el más allá; yo soy la quinta esencia del Amor, la raíz, la flor y el fruto del Amor.
Sí, yo soy Amor personalizado,
La persona-Amor.
Yo soy el Amor.

Rafael Prieto Ramírez.


54.- Aunque es no noche

Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida, que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
Su origen no lo sé, pues no lo tiene, más sé que todo origen de ella viene, aunque es de noche.
Sé que no puede ser tan bella, y que cielos y tierra beben della, aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla, y que ninguno puede vadella, aunque es de noche.
Su claridad nunca es escurecida, y sé que toda luz de ella es venida, aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosos sus corrientes, que infiernos, cielos riegan, y las gentes, aunque es de noche.
El corriente que nace de esta fuente, bien sé que es tan capaz y monipotente, aunque es de noche.
El corriente que de estas dos procede, sé que ninguna de ellas le precede, aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida, en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan, aunque es a oscuras, porque es de noche.
Aquesta viva fonte que deseo en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche.

San Juan de la Cruz.


55.- ¿Vendrás en Pentecostés a unirnos?

Está el mundo enfrascado
en ardores de fútbol, de consumo
y de Internet...
La sociedad, entre cumbres globales,
decide la economía, los mercados.
Los debates nacionales que entierran la utopía.
Están los grandes en guerra.
Israel cavila estrategias... y levanta muros.
Estados Unidos coloca etiquetas... y tanques.
Palestina huyendo y peleando.
Y los pobres en trance de muerte.
Se muere o se mata. Da igual.
Brisa de blanco plumaje, etérea.
¿Vendrás en Pentecostés a unirnos?
¿Acabarás nuevamente con Babel?
¿Realizarás los prodigios de antaño?
¿Te oiremos hablar otra vez del Amor?
Fuego que en los cielos habitas,
luz de lo alto, brisa de suave caricia,
hoy, en este día, este año, ¿nos visitas?

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.


56.- Espíritu Santificador

Espíritu Santificador, ¡santifícame!
Me has llamado a ser santo, ¡y lo quiero!
Soy viviente nostalgia de Dios; en mi siento tu impulso divino a seguir a Jesús hasta el fin.
A pesar de mis grandes miserias, de mi mal y mis muchos pecados, yo confío en que tu gracia divina un ser nuevo, de mí, puede hacer.
Hay en mí un anhelo insaciable de amar, de entregarme y servir; forma en mí el corazón de Jesús y que ame, como Él no amó.
Aunque sé que yo soy muy pequeño y no tengo elocuencia o saber, quiero ir por el mundo gritando que Jesús es el Dios salvador.
Quiero ser viva imagen de Cristo, dócil siervo movido por ti, y con Él instaurar en el mundo las primicias del reino de Dios.

Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S.


57.- Ver por los ojos de Jesús

¡Ver por los ojos de Jesús, y que Jesús vea por los nuestros!
¡Hablar como hablaba Jesús, y que Jesús hable por nuestros labios!
¡Amar como amaba Jesús, y que Jesús ame con nuestro corazón...!
Vivir, como Jesús, en la intimidad de María y de san José, y ellos íntimos con nosotros.
Amar a la Iglesia, nuestra madre, como Jesús y María la amaron, y que ella cuente con nosotros como con sus hijos.
¡Qué hermoso programa de vida puede realizar en nosotros el Espíritu Santo!

P. Félix de Jesús Rougier, M. Sp. S.


58.- ¡Ven Espíritu Santo!

¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven a transformarme en Cristo para que también en mí se complazca el Padre Celestial!
¡Ven a darme ese amor apasionado por María Inmaculada, quiero con Ella y por tu acción, comunicar a los demás a Jesús!
¡Ven a darme la generosidad que me falta!
¡Ven a quitar los temores de mi alma!
¡Ven a darme tu paz para comunicar a los demás!
¡Ven Espíritu Santo a convertirme en mensajero de pureza y en una llama de Amor a Ti y a mis hermanos!
¡Ven a moldearme como Tú quieres! Todos mis deseos los someto al Tuyo.
¡Ven, poséeme para siempre! Así sea.

P. Pablo María Guzmán, M. Sp. S.


59.- ¡Ven a reinar, Don precioso del Padre y del Hijo!

Oh Espíritu Santo, Jesús dijo que quien lo amara observaría su doctrina, pero Tú eres el único amor que lleva a esa observancia y quien nos dispone a ser templos de la adorable Trinidad.
Enséñanos los secretos de amor que encierran las palabras de Jesús, queremos comprenderlas, queremos vivirlas.
Él aseguró que Tú nos enseñarías todo, que nos descubrirías el secreto de tus palabras.
¡Ven a reinar, Don precioso del Padre y del Hijo!
¡Ven a Reinar, fuego divino que ha de consumir tanta miseria y pecado! ¡Ven a reinar en aquellos que suspiran por ser de Jesús!

P. Pablo María Guzmán, M. Sp. S.


60.- Dime quién eres

Ahora que la noche es tan pura y que no hay nadie
más que Tú,
dime quién eres.
Dime quién eres y qué agua tan limpia
tiembla en toda mi alma;
dime quién soy yo también;
dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas hasta mí, que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.
Ahora que la noche es tan pura y que no hay nadie
más que Tú.
Ahora que siento mi corazón como un árbol
derribado en el bosque,
y aún el hacha clavada en él siento,
y la savia cortada en mi alma.
Tú que andas sobre la nieve.
Ahora que alzo mi corazón, y lo alzo
vuelto hacia Ti, mi amor,
y lo alzo
como arrancando todas mis raíces,
donde aún el peso de tu cruz se siente.
Ahora que el estupor me levanta
desde las plantas de los pies,
y alzo hacia Ti mis ojos,
Señor,
ilumina quién eres,
dime quién soy yo también,
y por qué la tristeza de ser hombre,
Tú, que andas sobre la nieve.
Tú, que al tocar las estrellas las haces palidecer de
                        hermosura;
Tú que mueves el mundo tan suavemente
que parece que se me va a derramar el corazón;
Tú, que habitas en una pequeña choza del bosque
donde crece tu cruz;
Tú que vives en esa soledad que se escucha en el alma
como vuelo diáfano;
ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que Tú,
dime quién eres.
Ahora que siento mi memoria como un espejo roto y mi
                        boca llena de alas.
Ahora que se me pone en pie,
sin oírlo,
el corazón.
Ahora que, sin oírlo se levanta y tiembla mi ser en
                        libertad,
y que la angustia me oscurece los párpados,
y que brota mi vida, y que llamo como nunca,
sostenme en tus manos,
sostenme en las tinieblas de tu nombre,
sostenme en mi tristeza y en mi alma,
Tú que andas en la nieve.

L. Panero.


61.- Sabiduría

Dios de nuestros padres, Señor de la misericordia, que hiciste el universo con tu palabra, y con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase todos los seres por ti creados, administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu, dame la Sabiduría, que se sienta junto a tu trono, y no me excluyas del número de tus hijos. Que soy un siervo tuyo, hijo de tu sierva, un hombre débil y de pocos años, poco apto para entender la justicia y las leyes. Pues, aunque uno sea considerado perfecto entre los hijos de los hombres, si le falta la Sabiduría que viene de Ti, será tenido en nada.
Contigo está la sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente cuando hacías el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es conforme a tus mandamientos.
Envíala de los cielos santos, mándala de tu trono de gloria, para que participe a mi lado en los trabajos y sepa yo lo que te es agradable, pues ella todo lo sabe y entiende. Ella me guiará prudentemente en mis empresas y me protegerá con su gloria. Entonces mis obras serán aceptables, y juzgaré a tu pueblo con justicia.


62.- Cántico del amor

Al Espíritu Santo debe amársele como se ama la belleza, como se ama el cántico del amor; porque el Espíritu Santo es como el cántico sustancial de Dios, ese cántico que se derrama en el universo. Puesto que el Espíritu Santo es la consumación, el alma que lo ama debe ser perfecta y consumada en todo.
El alma que ama con el Espíritu Santo es fidelísima a sus santas inspiraciones, como una lira delicadísima que canta al menor soplo del viento.

Mons. Luis María Martínez y Rodríguez.


63.- La intimidad eres Tú

Sí, la intimidad eres Tú.
Tú, que dentro de mí, muy adentro, a donde nadie llega, moras para que yo viva. ¿En dónde pongo mis pasos?
Salir, salir me obsesiona, y salgo y nada y vacío.
Regreso a Ti y entiendo, dentro de mí, dentro está la vida y canto.
Contigo, mi centro.
Y subo, voy y vengo.
Pienso: “haré muchas cosas”, y yerro...
Tú me dices, “ama”.
Y yo, de verdad tu lenguaje entiendo.
Te voy a encontrar en el lagar de adentro.
Pisaremos uvas, beberemos vino, nos embriagaremos.

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.


64: ¡Opto por la felicidad!

Elijo amar en lugar de odiar,
reír en lugar de llorar,
crear en lugar de destruir,
perseverar en lugar de renunciar,
alabar en lugar de criticar,
curar en lugar de herir,
dar en lugar de robar,
actuar en lugar de aplazar,
crecer en lugar de consumirme,
bendecir en lugar de blasfemar,
perdonar en lugar de reprobar,
vivir en lugar de morir.
Porque quiero tener amor en el corazón y no odios y resentimientos; quiero tener felicidad y no amargura; quiero ser realizador y no destructor; quiero ser fiel y no un claudicador; quiero ser bendecidor y no un maldiciente. Quiero ser un buen samaritano y no un sacerdote del Antiguo Testamento o un levita; quiero entregarme y no ser un ave de rapiña; quiero ser un hombre y no un robot. Quiero unión con Dios y no con la carroña. Quiero ser un viviente y no un muerto. ¡Opto por la felicidad!

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.


65.- El Espíritu de Amor

Creo en el Espíritu del Amor que es el Dios personal.
Espero en el Espíritu Santo fuente de todo consuelo, que alienta nuestras luchas y nos libera del egoísmo.
Amo al Espíritu Santo, que nos inspira toda obra buena, que nos hace salir de nosotros mismos y nos hace hijos de Dios.
Deseo que el Espíritu venga a nuestras familias, comunidades y países y nos lleve al conocimiento de la Verdad.
Sé que el Espíritu Santo reviste nuestra flaqueza y nos da valor que nos anima ante la adversidad.
Que Él nos transforma par que podamos vivir según el Evangelio de Jesús.
Agradezco el Don del Padre que da sentido a nuestras vidas. Amén.

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.


66.- ¡Oh, Emperador nuestro!

¡Oh, Emperador nuestro, sumo poder, suma bondad, la misma sabiduría sin principio, sin fin, sin haber término en vuestras obras: son infinitas sin poderse comprender, un piélago sin suelo de maravillas, una hermosura que tiene en sí todas las hermosuras, la misma fortaleza! ¡Oh, válgame Dios, quién tuviera aquí  junta toda elocuencia de los mortales, y sabiduría para saber bien –como acá se puede saber, que todo es no saber nada, para este caso–, dar a entender alguna de las muchas cosas que podemos considerar para conocer algo de quién es este Señor y bien nuestro!

Santa Teresa de Ávila.


67.- Dichoso el corazón

Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento,
por él renuncia a todo lo criado,
y en Él halla su gloria y su contento.
Aún de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.

Santa Teresa de Ávila.


68.- Oración a nuestra Señora de los Pobres

Hermana peregrina de los Pobres de Yahvé,
Profetiza de los pobres libertados,
Madre del Tercer Mundo,
Madre de todos los hombres de este mundo único,
porque eres la Madre de Dios hecho hombre.
Con todos los que creen en Cristo
y con todos que de algún modo buscan su Reino,
te llamamos a Ti, Madre,
para que le hables por todos nosotros.
Pídele, a Él que se hizo Pobre
para comunicarnos las riquezas de su Amor, que su Iglesia se despoje, sin subterfugios, de toda otra riqueza.
A Él, que murió en la Cruz para salvar a los hombres, pídele que nosotros, sus discípulos sepamos vivir y morir por la total liberación de nuestros hermanos.
Pídele que nos devore el hambre y la sed de aquella justicia que despoja y redime.
A Él, que derribó el muro de la separación, pídele que todos los que llevamos el sello de su Nombre busquemos de hecho, por encima de todo lo que divide, aquella unidad reclamada por Él mismo en testamento, y que sólo es posible en la libertad de los hijos de Dios.
Pídele, a Él, que vive Resucitado junto al Padre, que nos comunique la fuerza jubilosa de su Espíritu para que sepamos vencer el egoísmo, la rutina y el miedo.
Mujer campesina y obrera, nacida en una colonia y martirizada por el legalismo y la hipocresía: enséñanos a leer sinceramente el Evangelio de Jesús y traducirlo en la vida con todas sus revolucionarias consecuencias, en el espíritu radical de las Bienaventuranzas y el riesgo total de aquel Amor que sabe dar la vida por los que ama.
Por Jesucristo,
Tu Hijo,
El hijo de Dios, nuestro hermano.

Pedro Casaldáliga.


69.- Tú en mí

Tú siempre el último,
Paloma de suave arrullo, porque ser sutil, humilde, es lo tuyo.
Sello eres del alma, precioso signo de Dios.
En la tempestad, calma, conmigo y en mí, uno y no dos.
Perfume derramado de nardo en mi celda interior; que a tus suspiros ardo, consumido en amor.

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.


70.- El amor de Dios

El amor de amistad es mutuo. Dios nos ama por el Espíritu Santo, y para que nosotros correspondamos a ese amor infinito con un amor creado ciertamente, pero sobrenatural y divino, el Espíritu Santo, al dársenos, derrama en nuestras almas una imagen suya, la caridad; y ésta llega a hacerse tan perfecta que puede decirse que Dios y nosotros formamos un mismo amor, un mismo Espíritu, como lo enseña san Pablo: “Quien se une al Señor en un solo espíritu con él”.

Hay, pues, entre el Espíritu Santo y la caridad, una unión estrechísima: ni el Espíritu Santo se nos da sin difundir la caridad en nuestros corazones, ni puede haber en las almas amor de caridad sin que, por ese mismo hecho de amar así, venga a las almas el Espíritu Santo.

Por consiguiente, la razón profunda de que Dios habite en nosotros, de que Él permanezca en nosotros y nosotros en Él, es el amor: el amor de Dios que desciende hasta las profundidades de nuestras almas; el amor nuestro por sus exigencias irresistibles atrae al Dios de los cielos y lo cautiva con los vínculos de la caridad, son esos dos amores que se buscan, que se encuentran, que se funden; es por parte de Dios, el Espíritu Santo que se nos da, y por parte nuestra es la caridad, imagen del Espíritu Santo, que no puede separarse del divino original.

Mons. Luis María Martínez y Rodríguez.


71.- A mi Ángel

Cúbreme con tus alas, ángel mío,
haciendo de ellas nubes que no pasa;
tu proteges la mente a la que abraza
la casa del Señor, mientras el río
del destino bajamos. Pues confío
que cuando vuelva a la paterna casa,
no ya velada la verdad, más rasa
pueda contemplar a todo mi albedrío.
Mira, ángel mío, que la vida es corta
aunque muy trabajosa su carrera
y en ella no puede ir el alma absorta
de su Dios. Así espero que me muera
para verlo, pues única soporta
la muerte a la verdad nuda y entera.

Miguel de Unamuno (1865-1937)


72.- La unión con Dios

Quería, Dios, querer lo que no quiero;
fundirme en Ti, perdiendo a mi persona,
este terrible yo por el que me muero
y que mi mundo en derredor encona.
Si tu mano derecha me abandona
¿qué será de mi suerte? prisionero
quedaré de mí mismo; no perdona
la nada al hombre, su hijo, y nada espero.
¡Se haga tu voluntad, Padre! repito
al levantar y al acostarse el día,
buscando conformarme a tu mandato,
pero dentro de mí resuena el grito
del eterno Luzbel, del que quería
ser, ser de veras, fiero desacato.

Miguel de Unamuno (1865-1937)


73.- Incredulidad y fe

Sed de Dios tiene mi alma, de Dios vivo;
conviértemela Cristo en limpio aljibe
que la graciosa lluvia en sí recibe
de la fe. Me contento si pasivo
una gotica de sus aguas libo
 aunque en el mar de hundirme se me prive,
pues quien mi rostro ve –dice– no vive
y en esa gota mi salud estribo.
Hiéreme frente y pecho al sol desnudo
del terrible saber que sed no muda;
no bebo agua de vida, pero sudo
y me amarga el sudor, el de la duda,
sácame, Cristo, este espíritu mudo,
creo, tú a mi incredulidad ayuda.

Miguel de Unamuno (1865-1937).


74.- Busco

Pues busco, debo encontrar.
Pues llamo, débenme abrir.
Pues pido, me deben dar.
Pues amo, débenme amar.
Aquel  que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá;
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.
Es poderoso, más no
podrá mi amor esquivar.
Invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes
y consuélate en tu mal
pensando como Pascal:
¿Le buscas? ¡Es que le tienes!

Amado Nervo (1870-1919).


75.- Ofertorio

Desu dedit, Deus abstulit.
Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:
¡Estodo lo que puedo ya ofrecerte!
Tú me diste un amor, un solo amor,
¡un gran amor!
Me lo robó la muerte
... y no me queda más que mi dolor.
Acéptalo, Señor:
¡Es todo lo que ya puedo ofrecerte!...

Amado Nervo (1870-1919).


76.- Anoche cuando dormía

Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di, ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.
Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.
Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía...
Después soñé que soñaba.
Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar.
Anoche soñé que oía
a Dios, gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía
y yo gritaba: ¡Despierta!

Antonio Machado (1875-1939).


77.- Nocturno

Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?
Te acordaste del fruto en Febrero,
al llegarse su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado
y no quieres mirar hacia mí!
Te acordaste del negro racimo,
y lo diste al lagar carmesí;
y aventaste las hojas del álamo,
con tu aliento, en el aire sutil.
¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho exprimir!
Caminando vi abrir las violetas;
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos, mis párpados,
por no ver más Enero ni Abril.
Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.
¡Has herido la nube de Otoño
y no quieres volverte hacia mí!
Me vendió el que besó mi mejilla;
me negó por la túnica ruin.
Yo en mis versos el rostro con sangre,
como Tú sobre el paño, le di,
y en mi noche del Huerto, me han sido
Juan Cobarde y el Ángel hostil.
Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin:
el cansancio del día que muere
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!
Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas pidiendo dormir.
Y, perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de Ti:
Padre nuestro, que estas en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?

Gabriela Mistral (1889-1957).


78.- A mi madre

Ánimo, corazón, llega a la cima,
donde la luz del sol se desparrama,
donde no existe un vulgo que te oprima,
donde todo es amor y amor reclama.
Llega a la cumbre de la eterna aurora,
mi pobre corazón, que anhelas calma;
llega a esa cumbre donde no se llora,
donde siempre consuelo ha hallado el alma.
En ella encontrarás lo que es tu anhelo
y olvidarás del mundo lo dolores,
todo es dicha sin fin en ese cielo,
todo es luz, aire, pájaros y flores.
Rauda allí volará tu fantasía
como el águila audaz sobre las nubes;
y subirá tu ardiente poesía
en alas de los místicos querubes.
Arranca, corazón, huye del mundo,
porque el mundo es estrecho para ti;
arranca de este lodazal inmundo
donde sangrando tus heridas vi.
Y al llegar do la luz eterna brilla
un cántico tu amor entonará,
como al verse del mar salvo en la orilla,
Moisés entonó un cántico a Jehová.

Vicente Huidobro (1893-1948).


79.- A Jesús crucificado

Delante de la Cruz, los ojos míos,
quédenseme Señor, así mirando,
y sin ellos quererlo, estén llorando,
porque pecaron mucho y están fríos.
Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando,
y, sin ellos quererlo, estén rezando,
porque pecaron mucho y son impíos.
Y así, con la mirada en Vos prendida,
así, con la palabra prisionera
como la carne a Vuestra Cruz asida,
quédenseme, Señor, el alma entera,
y así, clavada en Vuestra Cruz mi vida,
Señor, así, cuando queráis, me muera.

Rafael Sánchez Mazas (1894-1966).


80.- A la Asunción

¿A dónde va, cuando se va, la llama?
¿A dónde va, cuando se va, la rosa?
¿A dónde sube, se disuelve airosa,
hélice, rosa y sueño de la rama?
A donde va la llama, ¿quién la llama?
A la rosa en escorzo, ¿quién la acosa?
¿Qué regazo, que esfera deleitosa,
qué amor de padre la alza y la reclama?
¿A dónde va, cuando se va escondiendo,
y el aire, el cielo queda ardiendo, oliendo
a olor, ardor, amor de rosa hurtada?
¿A dónde va el que queda, el que aquí abajo,
ciego del resplandor se asoma al tajo
de la sombra transida, enamorada?

No se nos pierde, no. Se va y se queda.
Coronada de los cielos, tierra añora
y baja en descensión de Mediadora,
rampa de amor, dulcísima vereda.
Recados del favor nos desenreda
la mensajera, la reveladora,
la paloma de paz. Heridla ahora.
Ya se acabó el suplicio de la veda.
Hoy sobre todo, que es la fiesta en Roma
y se ha visto volar otra Paloma
y posarse en la nieve de una tiara.
La Asunción de María –vítor, cielos-,
corazonada ayer de mis abuelos,
en luz, luz de dogma se declara.

Gerardo Diego (1896-1987).


81.- Canción al niño Jesús

Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.
Para que el Niño la viera...
Si la palmera tuviera
las patas del borriquillo,
las alas de Gabrielillo,
para cuando el Niño quiera,
correr, volar a su vera...
Si la palmera supiera
que sus palmas algún día...
Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira... Si ella tuviera...
Si la palmera pudiera...
... la palmera...

Gerardo Diego (1896-1987).


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