home
Investigaciones
Personajes
Fotogalería
Actividades
Publicaciones
cidec@msps.org
La Cruz
             
 

La Mujer del Siglo XXI

Concepción Cabrera de Armida

Concepción Cabrera de Armida

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.


Jesús María, S. L. P., Mx.

19 de febrero de 2010

¿Qué características se necesitan para exaltar a una persona? ¿Qué criterios se analizan para poner a una mujer como ejemplo? ¿Qué parámetros se revisan para nombrar a una dama la “mujer del año”?

  • Lo primero es que podamos decir de ella que llevó una vida intachable; en todos los órdenes: moral, familiar, empresarial, social y religioso.
  • Lo segundo es que haya aportado algo nuevo a la sociedad en la que vivió.
  • Lo tercero es que ese aporte sirva a la sociedad.
  • Lo cuarto es que perdure ese aporte.

Concepción Cabrera de Armida llena, con creces, los parámetros de este perfil para considerarla una persona notable e hija esclarecida de este país que la vio nacer.

Vida Intachable

Moral. Conchita, a través de su vida y su actuación observó siempre, buenas costumbres, ajustándose a los cánones de las normas religiosas de su tiempo, pero a la vez, perfeccionándolos con su propia entrega. Podemos decir de ella que, no sólo tuvo una vida correcta sino que llegó a vivir heroicamente la prudencia, la paciencia, la rectitud de intención, la fe, la esperanza, la justicia y lo que es más importante, el amor, entendido como entrega a los demás. Cuando el papa Juan Pablo II declaraba, el 19 de diciembre de 1999, a Concepción como una persona  Venerable, nos estaba asegurando que, después de estudiar su vida (por casi 40 años), sus escritos, sus obras apostólica, nos garantiza, con el peso de su autoridad pontificia, que esa laica mexicana, no sólo había tenido una vida intachable, sino admirable, imitable y digna de alabanza y veneración.

Familiar. Una de las facetas más interesantes de esta mujer que hoy ensalzamos es su vida familiar. Hija de ricos terratenientes, perteneciente a familias de abolengo, recibió una escasa educación académica pero una acendrada educación del corazón que la capacitó para ser una excelente esposa. Ella amó profundamente a su marido y fue una compañera fiel y solícita. Apoyó todos los aspectos de los negocios de su marido y fue su atinada consejera. Lo valoró e impulsó, de tal forma que aquel hombre se sintió pleno y completo con aquella compañera de camino que jamás le dio molestias o le obstaculizó su desarrollo personal. Llevaron un matrimonio feliz y armonioso, a pesar de las enfermedades, apreturas económicas o desajustes sociales y políticos. Su matrimonio fue una roca firme en donde construyeron una familia abierta a la sociedad. Conchita fue un ejemplo de virtudes domésticas; ella sabía cocinar, bordar, pintar, tocar el piano, llevar la economía familiar, ahorrar y sobre todo crear un ambiente de paz y alegría en el seno familiar sin exageraciones religiosas ni rigidez de normas. Esto permitió que, tanto su esposo como sus numerosos hijos se sintieran profundamente ligados al núcleo familiar, al que siempre regresaron y en donde pudieron crecer armoniosamente como personas. Conchita, sin duda fue el pilar de su hogar, tal como lo son muchas mujeres en la actualidad.

Como madre, podríamos decir mucho, pero sólo resaltar algunas líneas sobresalientes. Tuvo 9 hijos a los que acompañó desde la cuna hasta que hicieron sus propias opciones y durante toda su vida. A algunos los acompañó también en su muerte: a Carlos, Pedro, Pablo y a Concha. Orientó y formó sus personalidades con absoluto respeto. Fomentó las vocaciones de ellos al matrimonio, a la vida religiosa y a la vida sacerdotal. Sus innumerables cartas dan cuenta de ello. Jamás descuidó sus tareas de madre por andar en otros ámbitos. Sus hijos siempre contaron con ella, en las buenas y en las malas. Los acompañó en sus éxitos y fracasos, en sus enfermedades y en sus triunfos y celebraciones. No tuvo, jamás, pretexto alguno para no participar en la vida de sus hijos. De esto habría mucho más que decir. Fue el centro de su hogar y todos recurrían a ella llenos de confianza. Esta personalidad materna de Concepción, se alargó más allá de los límites de su propio hogar; sus hermanos contaban con ella, su madre, sus sobrinos y sobrinas; sus suegros y sus cuñados; sus amigas, muchos obispos y sacerdotes, incontables religiosas; supo hacerse útil para todos. Aquél que la necesitó encontró en esta mujer apoyo, consejo, consuelo, ayuda económica, sostén espiritual.

Empresarial. Esta faceta es poco conocida en la vida de Conchita. Ella fue, primero, la consejera de su marido, quien todo le consultaba en cuestión de negocios; Francisco tenía un negocio propio de joyería y relojes. Más adelante, ya viuda, funda, junto a su hijo Francisco, la Casa Armida, que subsiste hasta el día de hoy. Fue la primera casa comercial que introdujo las máquinas de escribir en México. Esta empresa tuvo gran éxito y pronto se consolidó. Pero cuando hubo aquella histórica quiebra de la bolsa de Nueva York, conocida como el crack de 1929, la Casa Armida estuvo a punto de venirse abajo, pero Conchita consiguió un préstamo en 1931 con lo que el negocio, no sólo se mantuvo sino que volvió a florecer… y hasta el día de hoy.
         En otro renglón, tuvo también éxito como empresaria. Los obispos que la conocían y sabían quien era, comenzaron a encargarle que escribiera obras de devoción, que se editaban, en México y en Barcelona y se vendían en España y toda América Latina. Conchita, caso inusitado para una mujer latinoamericana que ni siquiera ponía su nombre en las obras editadas, vendió casi 600,000 ejemplares de todos sus libros. Fue una difusora poco común del mensaje de salvación contenido en la Espiritualidad de la Cruz. Ella mandaba editar sus escritos en casa prestigiosas, le pagaban con libros que vendía, ayudada de librerías y de sus amigas, especialmente de las de México, Monterrey, Guadalajara, Morelia, Puebla, Querétaro. Fue un apóstol incansable de la palabra escrita. Por este solo aspecto, habría que nombrarla empresaria modelo. De más está decir que sus fines no era de lucro sino de apostolado. Ella no ganó dinero sino personas para la causa de Jesús, cosa muy superior a el simple hecho de amasar una fortuna.

Social. Conchita existió en un espacio temporal concreto, en una sociedad concreta, de la cual se alimentó, y a la vez, enriqueció. Nos damos cuenta que ella vivió en un contexto sociopolítico y religioso sumamente agitado. Quizá una etapa de las más sangrientas de nuestra historia pues le tocó vivir desde las consecuencias de las guerras de Reforma, la revolución mexicana, la guerra cristera, la persecución a la Iglesia y múltiples desajustes sociales y políticos; todos en un marco de guerra civil. Conchita no se encerró en sí misma. Desde su fe, oró y se sacrificó por su país; alentó a todos los católico y especialmente a los sacerdotes con sus escritos, los asistió de muchas maneras, incluso, hospedó en su casa al arzobispo Ibarra hasta su muerte, con el riesgo de ser descubierta y perder su hogar. Supo estar a la altura de sus circunstancias. No se acomodó a los tiempos, sino que los cuestionó y a la vez, a través de sus escritos, contribuyó a la regeneración del tejido social proponiendo una vida de congruencia evangélica, de entrega diaria, de coherencia de vida. Supo ser mujer en el sentido pleno de la palabra. Con su ejemplo encendió una luz para que los creyentes pudiéramos iluminarnos en tiempos de tinieblas. Apoyada en su amor a Jesús, para ella no hubo empresa imposible. En ella se cumple admirablemente la doctrina paulina: Me complazco en soportar por Cristo flaquezas, oprobios necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 10). Los obstáculos más altos para realizar su misión en la sociedad, los pudo vencer con su perseverancia, con su creatividad e inteligencia, con su intuición femenina aunada a un sentido práctico admirable. Se puede decir que, la sociedad mexicana, en 1937, cuando Conchita expiró, era mejor, más buena, a causa de la entrega de esta mujer hecha para los demás.

Religioso. Solemos acentuar el aspecto religioso en Conchita, porque es en este campo en donde su aporte como persona tuvo una mayor repercusión. Ella, con su experiencia espiritual, pudo encontrar su misión en esta tierra y supo acogerla y hacerse eco de lo que descubrió interiormente. Su talento natural, su ingenio y creatividad, su profunda sensibilidad a lo trascendente, su sentido de la justicia y su sentido práctico fueron puestos al servicio de esa vida interior que puedo desbordarse porque era una auténtica experiencia de la caridad de Cristo que nos urge a actuar. La escritura, como arma para persuadir y para convertir a quienes se acercan a sus admirables página de indudable aliento místico; sus cinco Obras de la Cruz con sus ramificaciones que buscaron desde el principio ayudar a quienes se acercan a ellas. Conchita pudo haberse contentado con haber llevado una elevadísima vida espiritual de oraciones, sacrificios y penitencias, pero acogió la voz de Dios en su corazón que la invitaba a unirse a su obra de salvación, por eso, para ella no hubo descanso. No se ahorró ningún viaje, ningún trabajo o esfuerzo que pudieran beneficiar ese encargo hecho por el mismo Hijo de Dios. Supo prescindir hasta de su intimidad, cuando fue necesario, para beneficiar a otros. Se pude decir que su vida interior era tan desbordante que no podía quedar encerrada. De esto dan testimonio sus más de 66 mil páginas escritas, que consignan un itinerario plagada sí, de gracias místicas pero también de dolores, penas interiores, dudas, cuestionamientos graves. Todo ello vivido en la paz más inalterable. Supo hacer, pero también, dejarse hacer. Supo guiar, pero también, dejarse guiar. Siendo maestra recibió con docilidad las indicaciones de los distintos directores eclesiásticos, obispos y sacerdotes con los que trató. Jamás les hizo sentir que ella tenía la verdad y con una humildad poco común, heroica, dejó que hicieran y deshicieran los eclesiásticos a los que vio como “puestos por Dios” para guiarla. Se dice fácil, pero, si pudiéramos decirlo de algún modo, la de vida excelente, era ella, la de vida de altísima oración, era ella, la de las renuncias fundamentales y penitencias monumentales era ella, la que había comprendido hasta la médula el querer de Dios, era ella y sin embargo jamás hizo sentir eso a los directores espirituales que tuvo. Esta actitud acabó haciendo discípulos a quienes la rodeaban. De tal modo que, también es justo decirlo, en vida estuvo adornada de un aura de santidad y de bondad que a todos cautivaba. Ella era “doña Concha la que hablaba con Dios cara a cara”.

Nuevo Aporte

Desde luego que el aporte fundamental de Conchita se inscribe en el campo de lo religioso, de la fe católica. Como auténtica mística, no sólo entendió lo que vivía sino que supo transmitirlo. Su Cuenta de conciencia es la fuente primigenia a donde hemos de beber todos aquellos que queramos conocer qué aportó y cómo lo aportó. A ese conjunto monumental de escritos místicos y a otros editados, damos el nombre de Espiritualidad de la Cruz. Por lo tanto, Conchita aportó la novedad de un camino espiritual concreto que propone una manera de entender y vivir el Evangelio desde una óptica sacerdotal. El centro, para ella fue Cristo Sacerdote y Víctima, contemplativo y misericordioso; reflejo del Padre e impronta de sus sustancia. Su aporte también subraya la novedad, a pesar de su antigüedad en la Iglesia, de lo que significa vivir la vida cristiana experimentándose habitados, invadidos por la Divinidad. La gracia de la encarnación mística nos vino a recordar esa promesa evangélica que se puede cumplir puntualmente en nuestras vidas: Si alguien me ama guardará mis palabras y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada (Jn 14, 23). Aportó también la novedad a través de una herramienta para poder vivir plenamente esa inhabitación prometida en el Evangelio a través de la Cadena de Amor, instrumento excelente para poder llevar una vida sembrada de virtudes y conducida por la caridad que Cristo nos enseñó. Quien se decide a vivir esta Cadena se verá liberado del propio egoísmo y de la sofocante búsqueda de dar gusto a las criaturas para centrarse en dar sólo gusto a Dios. Es un camino de unificación interior que redunda en autenticidad y fecundidad. En fin, a través de la Espiritualidad de la Cruz, de su símbolo originalísimo que es la Cruz del Apostolado, que contiene los elementos esenciales de ella y a través de la Cadena, quienes se acercan a este camino, pueden estar seguros que Cristo los asocia a su obra de redención que se sintetiza en aquel grito que dio origen a las Obras de la Cruz: ¡Jesús Salvador de los hombres, sálvalos, sálvalos!

En términos de teología espiritual, podemos decir que Conchita sintetiza magistralmente varias corrientes espirituales importantes: la jesuítica que pone el acento en dar gloria a Dios, a través de una vida en constante discernimiento para que en todo podamos Amar y servir, la escuela francesa de espiritualidad que aporta un aspecto sacerdotal centrado en el amor confiado al Verbo Encarnado; revalora la imagen del sacerdote como mediador entre Dios y los hombres y aporta un elemento de dulzura y suavidad en el amor

que se centra en el Sagrado Corazón de Jesús y en el Corazón de María. Hay, además un porte original de Conchita en su ardiente amor a la Eucaristía, no sólo como reparación sino como amistad profunda con el Cristo sacramental; su inteligencia para hacer del dolor humano una moneda de cambio en relación al concepto paulino de que la deuda de nuestros pecados quedó clavada en la Cruz de Cristo. Además, Conchita insiste en la transformación en Cristo como elemento fundante para seguir a Jesús con pureza de corazón. Ella es esa mistagoga del nuevo aporte que dio a la Iglesia esta espiritualidad sacerdotal; este camino nuevo y a la vez antiguo.

Aporte útil

Desde que la Cruz del Apostolado fue plantada en Jesús María el 3 de mayo de 1894; desde que se fundaron las Obras de la Cruz; en orden cronológico: el Apostolado de la Cruz en 1895, las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús en 1897, la Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús en 1909, la Fraternidad de Cristo Sacerdote en 1912 y los Misioneros del Espíritu Santo en 1914 a la fecha, han pasado por estas Obras incontables hombres y mujeres que a través de la Espiritualidad de la Cruz que éstas ofrecen, han orientado sus vidas, han podido dar un sentido profundo a su manera de pensar, sentir y actuar. Y no sólo los que pertenecen a las Obras sino hombres y mujeres que se han dejado tocar por alguna lectura, alguna práctica espiritual o simplemente al conocer la vida y obra de Conchita. ¿Quién pude medir los alcances de una conversión, de un consuelo espiritual, de una respuesta personal íntima y profunda? Desde luego que son difíciles de evaluar, pero todos tenemos conciencia de que el aporte de esta mujer a la Iglesia de Cristo, es de validez universal. Quien la lee con el corazón limpio, no queda indiferente. Puede extraer de sus fuentes, aguas que manan para la vida eterna. Podemos decir que quien se ha acercado y es fiel, encuentra un camino que recorrer y puede recoger frutos de salvación. Conocemos muchas historias de hombres y mujeres que dan testimonio de esa utilidad, pero es mucho más lo que desconocemos. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que quien se deja interpelar por la Espiritualidad de la Cruz, encuentra un tesoro de raíz evangélica.

Aporte perdurable

La Espiritualidad de la Cruz tiene 116 años de existencia. En este ya largo caminar, ha tenido sus momentos altos y sus momentos bajos, pero podemos decir que hoy por hoy está más viva y es más actual que nunca. Nuestro devenir histórico y el momento social y religioso en el que nos encontramos, hacen a esta Espiritualidad un camino de inusitada actualidad. Sólo Dios tiene la respuesta a la existencia de todas las cosas y a su duración, pero de lo que nosotros podemos entender, el aporte de Concepción Cabrera de Armida a las necesidades espirituales y religiosas de los hombres y mujeres, parece que tendrá largos, muy largos años de vigencia. Hoy se plantea a nuestra humanidad la disyuntiva cada vez mas acuciante de vivir la vida con total coherencia frente a un mundo paganizado y laicizado; esta camino espiritual nos invita a tomarlo todo desde el carisma sacerdotal para redimirlo todo al calor del Corazón amante de Jesucristo que se entregó por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Cada miembro que entra a formar parte de las Obras o que decide vivir esta espiritualidad es un motivo de renovación y por lo tanto de perdurabilidad.

Declaración.

Después de hacer este breve recorrido y haber analizado algo sobre la vida y la obra de la Venerable Concepción Cabrera de Armida, podemos decir que fue una mujer admirable e imitable. Se podría afirmar que su vida está llena de ejemplos y enseñanzas para todos los que queremos seguir a Cristo más íntimamente; que su manera de ser y de estar, son una luz para todos los que queremos acercarnos más íntimamente a nuestro Salvador. Y además, afirmamos que el conocimiento y estudio de sus escritos místicos nos ayudan a alimentar nuestra propia vida interior animándonos a dejar atrás el egoísmo y lanzarnos al servicio de los demás; quien quiera una vida más radical según el Evangelio, puede, sin temor a dudas, encontrar aliciente y caminos prácticos en la Espiritualidad de la Cruz, conocida en la Iglesia por la experiencia mística de esta madre de familia que supo ser fiel a la misión que Dios le encomendó.
         Por eso, volvemos los ojos a ella para conocerla más e imitar todas las virtudes que puso en práctica. Esta figura señera se erige en medio de un mundo que pone a nuestros ojos miles de figuras de oropel, producto de una publicidad barata y morbosa y son sustentadas por la vanidad de la vida, el lujo insultante, la banalidad y superficialidad más agresivas y en una sola palabra: la mentira. Porque: ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde o se arruina a sí mismo? (Lc 9, 25).
         Concepción Cabrera de Armida es la mujer, no del año, sino del siglo XXI. En este siglo, en donde la mujer ha tomado su papel en la sociedad, en la política, en la economía, en la relaciones, en la transformación del mundo, Conchita se levanta como un faro luminoso que enseña a abrazar a la humanidad con toda la fuerza de un corazón materno capaz de amar y entregarse como lo hizo nuestro único Modelo, Jesucristo, nuestro redentor.
 
               

Centro de Investigación y Difusión de la Espiritualidad de la Cruz. San Luis Potosí 155, Cuauhtémoc 155, Ciudad de México, D. F.
Tel. (52) 55 5574 5301 cidec@msps.org