Arte y Espiritualidad  

Por los caminos del Espíritu.

Carlos Díaz Rodríguez, Laico de la Familia de la Cruz.    

 

Capítulo I.
La llamada de Dios.

1.1 Toda persona tiene una misión que cumplir.

"Antes de formarte en el seno de tu madre ya te conocía, antes que tu nacieras, yo te consagré" (Jeremías 1,5.). Una gran verdad, es que nadie llega al mundo por una casualidad o capricho del destino, ya que Dios tuvo la genial iniciativa de crearnos y pensar en nosotros aún antes de ser concebidos ya que, desde los inicios de la creación, nos había grabado en lo más profundo de su Sagrado Corazón, de hecho, todo ser humano, debería sentirse conmovido y profundamente feliz, al saber que Dios pensó en él, al momento de crearlo a su imagen y semejanza.

Todos tenemos una misión, por la que bien vale la pena trabajar hasta el final de nuestros días, sin embargo, lo importante es que logremos descubrirla y enamorarnos de ella, pues es parte importante de nuestra identidad como personas. Por naturaleza, estamos diseñados para hacer el bien, sin embargo, la cuestión cambia cuando nos dejamos llevar por ideales que, lejos de hacernos felices, únicamente nos alejan de nuestra misión natural, que se relaciona estrechamente con lo que es bueno y justo.

Una persona que argumenta tener la misión de promover el aborto, para reducir los índices de pobreza en los países menos desarrollados, está en un error, porque la misión natural que Dios ha sembrado en cada persona, no puede ir a favor de la destrucción de la vida, porque sería incongruente con lo que es bueno y justo. El hombre no nace corrompido, por lo tanto, hemos de entender que cada persona, ha sido enviada al mundo, para que haga el bien y no para que busque destruirse así mismo o a quienes le rodean.

El ser humano ha nacido para amar y eso es lo que cuenta, porque lleva consigo el sello de Dios. Nadie nace siendo acreedor al título de “criminal”, es por esto, que a pesar de nuestra inclinación hacía el pecado, Dios nos ha creado para el amor, en otras palabras, nadie nace con la misión de odiar a los demás, ni de vivir en la amargura del pecado.

1.2 Descubrir la misión que Dios nos ha dado.

Todos hemos llegado a este mundo para dejar una huella positiva, que sea capaz de transmitir el amor que Dios nos ha revelado, sin embargo, lo cierto es que de nosotros depende, que logremos descubrir cuál es nuestra misión, ya que necesitamos ponernos en marcha para darnos a la tarea de cuestionarnos acerca de lo que Dios espera de nosotros. Una persona que no busca respuestas y que vive en la indiferencia, difícilmente podrá asumir una actitud de búsqueda que le permita encontrarse consigo mismo y con el plan de Dios.

Por triste que parezca, hay muchas personas que murieron sin descubrir cuál era su misión, porque simplemente nunca se animaron a cuestionarse acerca de su existencia en el mundo, en otras palabras, a qué vinieron a esta tierra. Dios sigue llamándonos para que nos unamos a su causa, de hecho, sería falso afirmar lo contrario, porque Él sigue confiando en nosotros, ya que desea que seamos sus colaboradores en la continuación de su obra salvadora.

Nos impresiona mucho saber que aún existen hombres y mujeres que se la juegan por Cristo, dejando a un lado su reputación, sin embargo, la verdad es que todo esto, nos debe de alegrar porque quiere decir que, quien se encuentra con Dios, es capaz de dar un cambio radical a su vida y descubrir que la raíz de la felicidad está en el hecho de hacer vida las enseñanzas de Nuestro Señor, las cuales, lejos de esclavizarnos, nos conducen a la verdadera libertad.

“Pide y se te dará, busca y hallarás, toca y se te abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mt. 7,7-8) Son las palabras que Jesús nos dice, para que no perdamos ni un solo momento, y nos demos a la tarea de descubrir qué es lo que quiere de nosotros. Dejemos a un lado nuestros propios esquemas para poder escuchar a Cristo y, de esta manera, hacerlo parte de nuestra historia personal.

1.3 Experiencia fundante.

Aquel que ha descubierto, el gran amor que Dios le tiene a la humanidad, y que se ha dejado conquistar por sus ideales, es quien ha vivido la “experiencia fundante”. Jesús ha sido capaz de fascinar a muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, porque su presencia, mensaje y sacrificio, han sido lo suficientemente significativos, como para conmover hasta a las personas más frías e indiferentes, porque quien conoce a Cristo difícilmente podrá negarse a seguirlo, pues su Corazón encierra un gran amor por todos y cada uno.

La felicidad, que produce el encuentro con Jesús, es tan grande que tiene la capacidad de impulsarnos a continuar con la obra de salvación, tantas veces soñada, por el Padre Celestial. La experiencia fundante, es tan intensa, que se prolonga a lo largo de todo nuestro recorrido tras las huellas de Jesús, en otras palabras, quien descubre a Dios, deja a un lado sus perjuicios y simplemente se enamora de los ideales de Jesús, sintiendo una alegría fuera de serie.

El Espíritu Santo, llega a nuestro corazón, de la manera menos pensada, porque se las ingenia para llenarnos de su amor y convencernos de su existencia, de hecho, es significativo ver cómo Dios hace todo lo posible para poder acercarse a nosotros y ganarnos para su causa. Por medio de la experiencia fundante, empezamos a recibir las luces que necesitamos para descubrir cuál es nuestra misión en el mundo como miembros de la Iglesia Católica, a la que estamos vinculados por el Bautismo.

Dios no tiene nada de superficial, por esta razón, sabe llegar a lo más profundo de nuestro ser para despertarnos y transformar nuestra manera de vivir. La experiencia fundante, es algo que no se puede olvidar, porque marca el rumbo de nuestra historia y enciende una llama de amor que nunca se apagará, mientras estemos dispuestos a entregarnos a la causa de Cristo Sacerdote y Víctima, quien desea que seamos sus discípulos en el mundo, en otras palabras, Dios nos invita a que extendamos su reinado de amor, desde nuestro lugar en la sociedad…“como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21).

1.4 La relación entre la vocación y la misión.  

No hay misión, sin vocación, ni viceversa, porque existe una relación indisoluble entre ambos elementos. Podemos afirmar, que la vocación depende de la misión a la que nos sentimos llamados, por esta razón, es importante considerar que, de alguna manera, el conocer nuestra misión, nos ayudará a optar por un camino concreto, es decir, por una vocación específica en el mundo y en la Iglesia.

¿Cómo descubrir la vocación? indudablemente, con una actitud de escucha y de diálogo con Dios, sabiendo que Él no da respuestas instantáneas. Sería muy cómodo poderle mandar un e-mail y que nos dijera cuál es nuestra vocación, sin embargo, la realidad es que esto no es así, porque necesitamos ser pacientes e ir conociendo de “gota en gota” lo que Jesús, de muchas maneras, nos está queriendo decir, de hecho, en la medida en que nos vayamos conociendo a nosotros mismos, podremos ir madurando en nuestro proceso vocacional.

Santa Teresa de Ávila nos ha enseñado que “la paciencia todo lo alcanza”, por esta razón, no hay que desesperarse, o bien, buscar acelerar nuestro proceso vocacional, ya que esto no es sano, pues Dios sabe cómo debe irse dando nuestro proceso de búsqueda. Desde la misión, que se nos ha sido revelada en la experiencia fundante, podremos encontrar las claves para descifrar cuál es nuestro camino.

Capítulo II:
 Relación entre el creado y el creador.

2.1 Jesús como eje de nuestro camino espiritual.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida”  (Jn 14:6) son las palabras que Jesús nos dice, para confirmarnos que sin Él no podemos seguir adelante en nuestro camino hacia la plena felicidad que el Padre Celestial nos ofrece. Jesús es nuestro mejor amigo porque nos ha amado al punto de haberse entregado en la Cruz, de hecho, debemos estar alegres y llenos de esperanza, porque no vamos solos, sino acompañados por aquel Jesús que un día murió por nosotros.

A Cristo le gusta amar con locura, es decir, sin límites ni frialdades porque somos sus hijos(a). A veces nos imaginamos a un Jesús amargado, castigador y frío, sin embargo, quien se ha dado la oportunidad de conocerlo, puede dar testimonio de lo genial que es Nuestro Señor, pues no hay nadie que tenga su estilo y esa manera tan especial de llegar a lo más profundo de nuestro ser.

Tenemos que aprender a caminar con Jesús para poderlo conocer más y mejor. Es cierto que casi siempre estamos ocupados con algún pendiente de la oficina, la casa o la escuela, sin embargo, es muy importante que diariamente nos demos un momento para contarle cómo nos ha ido ya que, de esta manera, lo hacemos parte de nuestra vida. El Padre Celestial, al contemplar la realidad del mundo, decidió enviar a Jesús para que, fuera Él, quien nos ayudara a conseguir la salvación por medio de la vivencia de sus enseñanzas, de ahí, que Cristo sea el eje central de nuestro camino.

2.2 El valor de la obediencia:

La obediencia, es uno de los desafíos más grandes de nuestra vida, porque no siempre somos capaces de comprender los designios de Dios, sin embargo, lo importante es mirar más allá y reconocer que el Padre Celestial sabe por dónde llevarnos, pues su sabiduría es infinita. Jesús fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp. 2,8), por lo tanto, estamos llamados a salir de nuestros propios esquemas, para asumir el gran desafío de seguir a Cristo.

Ahora bien, ¿cómo podemos saber cuál es la voluntad de Dios?, ante todo, tenemos que conocer el Evangelio, y dejarnos guiar por el magisterio de la Iglesia, pues no podemos “auto-interpretar” las Sagradas Escrituras, de hecho, para poder vivir las enseñanzas de Jesús, antes tenemos que comprenderlas y relacionarlas con nuestra vida, en otras palabras, no solo hay que leer la Biblia, sino también comprender todas aquellas enseñanzas que estamos leyendo para que no las saquemos de su contexto.

El cristiano obedece por amor y no simplemente porque es un requisito de la vida espiritual. La voluntad de Dios, no es un castigo ni un mecanismo, que pretenda destruir nuestra felicidad, al contrario, es la manera en que Dios nos abre alguna puerta cuando otras se nos han cerrado, de hecho, cuando Dios nos niega la realización de algún proyecto, es porque ha pensado en algo mejor para nosotros, pues Él sabe qué es lo que realmente nos conviene.

Al hacer la voluntad de nuestro Padre Celestial, obtendremos la verdadera felicidad, pues Él conoce la manera de conseguirla. Es normal que no siempre logremos aceptar su voluntad, pues somos seres humanos y necesitamos aprender, sin embargo, no hay que desanimarse ya que, con el paso del tiempo, iremos manejando mejor el asunto hasta llegar a la meta de seguir a Cristo sin condiciones.

La Virgen María, es un ejemplo de obediencia, pues ella se entregó totalmente a la voluntad del Padre ya que se dio cuenta que, al obedecerlo, nunca quedaría defraudada. Dios sabe en qué momento darnos lo que creemos necesitar, por esta razón, no siempre nos responde de la manera en que nosotros quisiéramos, sin embargo, hay que darle tiempo, pues no podemos encasillarlo en nuestros propios esquemas. Dios nunca dejará de responder a nuestras peticiones, sin embargo, lo hará a su modo, pues su visión le permite mirar más allá y distinguir qué es lo que en realidad nos servirá.

2.3 Un amor con miras hacía la eternidad:

Podemos decir, con toda seguridad, que el amor que nos une a Dios es eterno porque ni la muerte puede destruirlo. Cuando una persona muere no se queda perdida en el abismo sino que es recibida por Dios, por aquel ser que la amó aún antes de nacer, de hecho, Dios es el amigo fiel que no solo nos acompaña en la aventura de vivir sino en el momento de nuestra muerte.  

El amor de Cristo parte de su Corazón Sacerdotal, pues acoge a todos y cada uno de sus hijos e hijas sin excepción. El amor sacerdotal de Jesús siempre estará disponible para toda aquella persona que desee recibirlo, en otras palabras, Dios nos llama para que lo sigamos, sin embargo, la realidad es que somos nosotros quienes tenemos la libertad de aceptarlo o de rechazarlo, pues el Espíritu Santo sabe respetar nuestras decisiones.

El amigo del Sagrario, el fiel consejero, el compañero en las grandes aventuras de la vida, seguirá con nosotros aún en la muerte porque su amor es profundamente sacerdotal y, por ende, infinito. La importancia del amor que Dios nos tiene es también que de Él se desprenden todos los demás afectos, por ejemplo, el amor que siente un esposo por su esposa, las relaciones de amistad, el afecto entre padres e hijos, esa fascinación que siente una novia por su novio etc., pues el origen del amor verdadero está en el Corazón Sacerdotal de ese Jesús que dio la vida por nosotros.

Qué grande es Dios porque su amor es eterno, qué grande es Dios porque ni la muerte nos puede apartar de Él, qué grande es Dios porque nos mira con amor y ternura, qué grande es porque nos ha salvado.

2.4 El papel clave de la oración:

En medio de todas nuestras actividades diarias como ir al colegio, atender a los clientes, ir al gimnasio, tener una junta, etc. es muy importante que nos demos un tiempo para hablar con Dios. San Agustín nos explica que la oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre” porque ciertamente existe una “sed mutua” entre el creador y el creado ya que, por una parte, el creyente busca estar cerca del Señor y, por otra, Dios se acerca a él para mantenerse a su lado y entregarle todo su amor.

La oración no es un monólogo sino una conversación entre Dios y cada uno de nosotros, por esta razón, tenemos que mantener un diálogo sencillo, confiado y sincero con Nuestro Señor, quien desea acompañarnos en todo momento. A Dios no hay que hablarle de “usted” sino de “tú”, pues es nuestro mejor amigo y podemos hablarle con nuestras propias palabras, ya que no tenemos a un Dios frío e indiferente sino a todo un Padre que nos ama sin medida y que nos comprende como nadie más lo puede hacer.

Existen diversas maneras de orar, sin embargo, lo importante es que nos dirijamos a Dios con sinceridad y confianza, ya que no estamos hablando con un ser desconocido sino con aquel que nos creó y dio la vida por nosotros. En la oración conocemos a Dios y le permitimos que trabaje en nosotros para que nos pueda dar las gracias que necesitamos para desarrollar, con valentía y entrega, la misión que nos ha confiado.  

Para responder a lo que Dios nos pide tenemos que orar, porque no podemos vivir sin Él, de hecho, sería ilógico pretender que la santidad surja únicamente de las buenas acciones ya que, si nos hace falta la oración, no podemos estar en sintonía con Cristo y, por ende, perdemos la dirección de nuestro caminar. Al orar también hacemos un ofrecimiento de nuestra propia persona a favor de los demás, es decir, tenemos que entregar al Padre todo lo que somos para que nos tome y nos guíe hasta concluir la feliz misión que un día soñó para nosotros.

Quien ora es porque ama a Dios y sabe que no puede vivir sin Él ya que todos, de alguna manera, necesitamos de su amor y misericordia. La oración es clave en la vida del ser humano, de hecho, es el motor que impulsa al cristiano en el cumplimiento de su deber, así como en su proceso de identificación con Cristo Resucitado.

Capítulo III:
Actitud contemplativa.

3.1 Retos de la contemplación:

Ante todo conviene que nos preguntemos ¿qué es la contemplación? Porque sin saber lo que esto significa no podremos entender el significado de este capítulo. Contemplar a Dios es quedarse sin palabras, es hacer un alto para encontrarnos con Él, es abandonarnos en sus manos sabiendo que lo que Él decida estará bien, es perdernos en su amor sacerdotal que acoge, como ya dijimos, a toda persona.

Los principales retos de la contemplación son los siguientes:

    a) Distracciones: Es muy común que cuando estamos orando cualquier cosa nos pueda distraer, sin embargo, todo esto se irá mejorando en la medida en que sigamos manteniendo viva nuestra actitud contemplativa. Un gran error es buscar suprimir, a como dé lugar, estas distracciones porque al violentarnos no resolvernos nada, de hecho, lo que tenemos que hacer es ofrecer a Dios toda esta serie de dificultades.
    b) Cansancio: Suele pasar que al terminar el día estamos tan cansados que al inicio de la oración podemos quedarnos dormidos, por esta razón, tenemos que buscar un determinado momento del día en que estemos más descansados para poderle dar a Dios un momento de calidad.
    c) Sequías espirituales: Cuando una persona siente a Dios le es muy fácil orar, sin embargo, cuando se presenta alguna sequía espiritual puede resultar un poco más complicado. Más adelante trataremos el punto con mayor detenimiento para que las sequías no sean un dolor de cabeza.

Los puntos anteriores, se superan en la medida en que perseveramos en la contemplación, sabiendo que el Espíritu Santo también nos ayudará a crecer en nuestra capacidad contemplativa.

3.2 Como María contemplar a Cristo:

Nadie como la Virgen María alcanzó a contemplar todas las facetas de Jesús: niño, adolescente, joven, predicador, carpintero, divino salvador, sacerdote etc., por esta razón, ella es una verdadera maestra de la contemplación. A ejemplo de María es muy importante que contemplemos a Cristo, presente en la Hostia Consagrada, para que nos dejemos enamorar por sus ideales al punto de trabajar verdaderamente por ellos.

Toda la vida activa de María se vio fundamentada en su actitud contemplativa. Dios necesita que lo conozcamos y es mediante la contemplación que podremos descubrir su rostro crucificado, un rostro de amor que se continúa reflejando en nosotros mismos y en todos los que nos rodean, especialmente, en los débiles y olvidados de los que el Evangelio nos habla constantemente. La Virgen María, santa entre los santos, se dejó seducir por el buen Dios al punto de contemplarlo constantemente a lo largo de su paso por la tierra. “Hágase en mí según tú palabra” (Lc 1-38) fueron las palabras que María tomó como línea directriz, pues ella se dejó hacer y deshacer por Dios.

3.3 Orar en medio de las actividades:

El P. Félix de Jesús Rougier, quien fuera un gran maestro de la Espiritualidad de la Cruz, aprendió a mantenerse unido a Dios aún cuando se encontraba fuera de la capilla por estar atendiendo otras actividades relacionadas con su ministerio sacerdotal. El Padre Félix, quien tenía que viajar muy seguido, comprendió que en sus actividades también podía encontrarse con Cristo por medio de la “atención amorosa hacía Dios”.

Dejemos que sea el propio P. Félix quien nos explique en qué consiste la “atención amorosa hacía Dios”, como medio para mantenernos unidos a Jesús Sacerdote:

"La atención amorosa es estar mirando a Dios nuestro Padre. Pero al mirarlo nosotros Él también nos mira; y hoy quisiera escribirles algo sobre esa mirada del Padre:
Esa mirada ha estado sobre mí desde siempre, porque es la mirada de Dios y estará sobre mí durante los siglos eternos. Esa mirada me infunde alegría, fortaleza y confianza, me da valor y me sostiene.  Me dice: ¡Ama! ¡Ven! ¡Sube hasta mí y háblame, porque eres mi hijo amado! Otras veces me dice: ¡Silencio! ¡Calla! ¡Escúchame!  Otras veces me dice: Sé humilde, sé pequeñito ante mí. Y me convida y me acompaña y jamás me deja solo.
Esa mirada es mi cielo en la tierra: me calienta, me refresca, me da vida, me mata y me resucita a la vez. Es la mirada de todo un Dios, que me arrebata de este mundo y se lleva mi alma en pos de sí. Y si caigo en pequeñas faltas, esa mirada me punza como una espina y me purifica y me limpia, porque es AMOR. Y mi alma queda más cerca que antes del corazón de Dios, que la quiere toda suya. ¡Oh mi mirada del Padre, mirada de amor, no te apartes de mí y de mis hermanos! ¡Haznos puros, amantes, felices y santos!”

En el trabajo también está Dios, porque Él quiere hacerse presente en todo lo que tenga que ver con nosotros. La oración no debe interrumpirse sino prolongarse en todo momento para que nos mantengamos en sintonía con Jesús y dejemos que Él sea quien nos guíe por los caminos del espíritu, en otras palabras, podemos estar en cualquier parte del mundo atendiendo algún trabajo o simplemente de vacaciones sin que nuestra oración se extinga porque en cada palabra, gesto, decisión etc. podemos dar mucha gloria a Dios al dar testimonio de lo que Él mismo nos ha enseñado.
El cristianismo no solo debe vivirse en los templos y conventos sino también en las calles, centros comerciales, restaurantes, espacios laborales, etc. porque en cualquier parte Dios es necesario. Lo que el P. Félix nos ha dejado mediante la “atención amorosa hacía a Dios fuera de la capilla” es la prueba contundente de que donde quiera que estemos, podemos mantenernos unidos al Dios que nos ama y que no puede separarse ni un solo momento de nosotros.

3.4 Las sequías espirituales:

Las sequías espirituales son aquellos momentos de la vida espiritual en los que la persona deja de sentir la presencia de Dios. No es que el Padre Celestial nos abandone sino que desea que lo amemos aún sin poderlo sentir, valiéndonos de la confianza que sentimos al sabernos en sus manos, de hecho, es una prueba de fe porque tenemos que seguir adelante cuando el panorama se encuentra nublado por los efectos de la propia sequía espiritual.

Nadie puede llegar a la santidad sin antes vivir las “ausencias de Dios” ya que son muy ricas en dones y gracias. Hay personas que piensan que al dejar de rezar actúan de la mejor manera en contra de las sequías, sin embargo, la realidad es que debemos orar siempre, independientemente, de que sintamos o no la presencia del buen Dios que, aunque oculto, sigue a nuestro lado para sacarnos adelante.

Cuando Jesús exclamó “Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado” (Sal 22,2-24) estaba pasando por una intensa sequía espiritual que decidió ofrecer por la salvación del mundo entero. El hecho de que Jesús pasara por una de estas experiencias no hizo que dejara de amar y creer porque las sequías espirituales nos llevan a contemplar el rostro de Dios más allá de lo sensitivo, en otras palabras, se vale a amar a Dios cuando es fácil sentirlo pero no debemos abandonarlo cuando parezca que se haya ido a otra parte.

La mejor manera de encarar la prueba de las sequías espirituales es con la fuerza de la oración y de la alegría que nunca debe faltar en la vida de un cristiano. Las ausencias de Dios pueden durar un día o años enteros, sin embargo, nunca hay que preocuparse en este sentido porque Nuestro Señor jamás nos mandará una prueba que no seamos capaces de soportar con entrega y optimismo.

La alegría nos ayudará a salir adelante sin que la experiencia termine por vencernos, de hecho, es recomendable mantenerse firmes en la esperanza porque así se superan mucho mejor las pruebas. Es importante aclarar que por más fuerte que sea la sequía espiritual nunca perderemos la felicidad porque Dios nos dará los elementos necesarios para estar bien a pesar de la turbulencia del momento.

Capítulo IV:
Actividad Apostólica.

4.1 La acción como producto de la contemplación:

La actitud contemplativa nos lleva necesariamente a la acción apostólica ya que quien sigue a Cristo no solo debe tener fe sino demostrarla a través de acciones concretas. De nada sirve contemplar a Dios si no somos capaces de emprender ciertas obras que apoyen a la Iglesia Católica en el cumplimiento de su misión en el mundo.

Tenemos que ser muy activos en el sentido de que no debemos desaprovechar ninguna oportunidad para mejorar la realidad que nos está tocando vivir. No podemos ser de esos católicos que le tienen miedo a luchar por la realización de ciertos proyectos que beneficiarían a la sociedad en general porque estamos llamados por Cristo a realizar todo lo que esté en nuestras manos para sacar adelante aquellas obras que Él decida encargarnos.

Ahora bien, nos debe quedar muy claro que una cosa es trabajar por la causa de Cristo y otra es caer en el activismo. Cuando una persona ayuda de manera monótona o se olvida de la oración y de los sacramentos se vuelve activista porque deja de vivir la contemplación para convertirse en una especie de “máquina” que ha perdido el sentido y la dirección de su misión.

Hay que mantener el equilibrio entre la contemplación y la acción porque solo así podremos estar en sintonía con el Espíritu Santo que nos va marcando la necesidad de saber balancear estos dos elementos. Otra cosa que debemos evitar es cargarnos de muchas actividades que nos lleven a dejar lo que es verdaderamente esencial y que, por ende, está en consonancia con lo que Dios nos ha pedido.

No debemos quejarnos de la realidad sino más bien ver de qué manera podemos mejorarla siguiendo el ejemplo de Jesús quien, como ya dijimos, es el eje central de nuestra vida. Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para que nuestro paso por la tierra deje una huella realmente positiva en un mundo que tiene sed de amor y esperanza.
Concluyo este tema con lo que nos dice la Sagrada Escritura en relación a las buenas obras:
“¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: Tengo fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: Idos en paz, calentaos y hartaos, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?  Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: ¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? Abraham nuestro padre ¿no alcanzó la justificación por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?  Y alcanzó pleno cumplimiento la Escritura que dice: Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia y fue llamado amigo de Dios.  Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente”. (Santiago 2, 14-24).

4.2 La actividad apostólica según el carisma:

En la Iglesia existen diferentes carismas que resaltan algún rasgo de la fisonomía espiritual de Jesús y que constituyen una respuesta a las necesidades que se van presentando. Cada carisma nos indica una manera concreta de vivir la fe católica, por ejemplo, los Hermanos de las Escuelas Cristianas llevan a cabo su misión por medio de la educación mientras que los Frailes Dominicos le dan prioridad a la predicación, ahora bien, esto no quiere decir que solo los consagrados sean partícipes de un carisma ya que los laicos también pueden asociarse a estos u otros carismas que forman parte de la identidad y misión de la Iglesia Católica.

Nuestra actividad apostólica debe estar orientada según el carisma que Dios nos ha regalado, por ejemplo, una persona que vive la Espiritualidad de la Cruz sabe que su misión consiste en orar y trabajar a favor de los sacerdotes, vivir el Evangelio de la Cruz, y dar prioridad a los que sufren pues en ellos se refleja Jesús Sacerdote y Víctima. La fidelidad al carisma nos ayudará a ser verdaderos santos porque seremos capaces de vivir más unidos al Espíritu Santo sin perder nuestra humanidad.

El origen de todo carisma proviene del Espíritu Santo quien es fuente de inagotables riquezas espirituales. Cuando la Iglesia Católica reconoce un carisma es porque lo ha examinado y ha descubierto que va de acuerdo con la doctrina que Jesús dejó sembrada en nuestro mundo.

4.3 Hacerlo todo por amor:

El amor es la clave de todo, de hecho, la primera exigencia de la vida espiritual es hacer las cosas por amor a Cristo en la persona de los demás. No se vale llevar a cabo nuestras acciones apostólicas y luego estarnos quejando por todo el esfuerzo que tuvimos que hacer ya que es muy importante que ayudemos a los demás sin buscar nada a cambio pues lo hacemos en nombre de Cristo y nunca a título personal porque esto simplemente no es congruente con nuestra fe.

Hay católicos que para demostrar que aman a Cristo pegan de gritos al cantar en la misa, sin embargo, la realidad es que el verdadero católico no es aquel que exagera sus gestos sino el que ama verdaderamente y se deja mover por el amor que Dios mismo ha sembrado en su alma. Un católico que de verdad está enamorado de Dios es capaz de cambiar positivamente la realidad y de atraer a muchos personas hacía Cristo ya que, como bien dice el dicho, “la palabra mueve pero el ejemplo arrastra”.

Se nos tiene que notar el amor porque el mundo está cansado de sermones religiosos y de promesas sin cumplir. En cada uno de nuestros hermanos y hermanas está Cristo, por tanto, es importante que nos demos a la tarea de vivir y morir en la causa del amor, en otras palabras, vale la pena que amemos hasta el final y que por amor seamos capaces de pensar en los demás para hacerles algún bien a ejemplo de la Santísima Virgen María quien siempre se ha preocupado por ayudar a todos sus hijos e hijas en cualquier circunstancia.

Concluyo con un pensamiento de la Madre Teresa de Calcuta sobre este aspecto de la vida espiritual que estamos tratando:El éxito del amor esta en el amar y no en el resultado de amar. Por supuesto que es natural en el amor querer lo mejor para la otra persona, pero si resulta de esta forma o no, esto no determina el valor de lo que hemos hecho. Cuanto más podamos eliminar esta prioridad de los resultados, más vamos a poder aprender sobre el elemento contemplativo del amor. Existe el amor expresado en el servicio y el amor en la contemplación. Es el equilibrio de ambos por el que debemos luchar. El amor es la clave para encontrar este equilibrio.”

4.4 No dejarse vencer por la adversidad:

Al momento de trabajar por el desarrollo de nuestra misión apostólica nos encontraremos con diversas complicaciones que son parte del camino, sin embargo, lo importante es que no renunciemos a nuestro deber sino que confiados en Cristo sigamos adelante hasta llegar a la meta de nuestro recorrido. Los santos y las santas, especialmente los que fueron fundadores, tuvieron que enfrentarse a muchos desafíos con tal de hacer realidad el proyecto que Dios les había confiado, sin embargo, él éxito de todos ellos fue que no perdieron la fe sino que fueron capaces de enfrentarse a la adversidad sabiendo que Dios caminaría a su lado.

"Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp. 4,13) es la afirmación que hace San Pablo para enseñarnos que todo aquel que se deje llevar por Dios tendrá la fuerza necesaria para llegar a la meta. Se me viene a la mente el ejemplo de vida que nos dio el Papa Juan Pablo II quien, a pesar de sus múltiples enfermedades, no dio marcha atrás en la realización de la misión que Dios le había encargado pues fue un hombre que se entregó totalmente a la causa del reino y que supo ver en cada desafío una oportunidad para renovarse y renovar a la Iglesia.

A muchos hombres y mujeres del siglo XXI les gusta lo “inmediato”, sin embargo, al desarrollar nuestra actividad apostólica debemos saber que el cumplimiento de nuestros objetivos se llevará a cabo de forma gradual y según la voluntad de Dios. Los santos y las santas nunca vieron resultados inmediatos en sus procesos internos ni en el desarrollo de su actividad apostólica porque Dios no está sujeto al tiempo, en otras palabras, el sabe en qué momento deberán darse los primeros frutos.

Somos seres humanos, por tanto, tenemos que cuidar nuestra vida interior para que las dificultades no terminen por ahogar nuestra fe y afectarnos físicamente ya que un serio desequilibrio espiritual puede dañar nuestra salud al vernos afectados por un alto índice de estrés, cansancio y desánimo al darnos cuenta que seguimos esperando los primeros frutos.

Capítulo V:
Profundización en la Fe.

5.1 Las tentaciones:

Debemos tener muy claro que hasta el último instante de nuestra vida seremos tentados porque es parte de nuestro camino hacia la meta, sin embargo, la realidad es que nunca debemos caer en el error de obsesionarnos con el tema porque así no se resuelven las cosas. Las tentaciones, simple y sencillamente, son invitaciones que el demonio nos hace para que nos alejemos de la presencia de Dios, sin embargo, para que exista pecado tendríamos que aceptarlas ya que, de otra manera, son incapaces de producir algún efecto negativo.

Existen diversos tipos de tentaciones, sin embargo, lo importante es que aprendamos a rechazarlas desde la oración y las buenas acciones. Conviene aclarar que el hecho de haber caído en la tentación no significa que estemos fuera de la salvación pues Dios nos da la oportunidad de levantarnos para poder seguir adelante, de hecho, la mejor manera de superar nuestros pecados es mediante la lucha constante desde el amor y la firme confianza en Cristo.

San Pío de Pietrelcina decía que "el demonio es un perro amarrado que nada puede hacer si no te acercas" y es que, a la luz de la verdad, Satanás solo afecta a quienes se dejan llevar por él creyendo que al hacer su voluntad serán más felices cuando, en realidad, terminarán por ser esclavos del pecado. Mientras actuemos sin dañarnos a nosotros mismos o a los demás no habrá poder maligno que nos derrote en nuestro camino tras las huellas de Jesús Sacerdote y Víctima.

No debemos preocuparnos cuando en plena Misa se nos presente alguna tentación porque el demonio trabaja las 24 horas del día y es eternamente irrespetuoso, por esta razón, cuando nos suceda algo así lo importante es que nuestra voluntad se mantenga cerrada a la acción del maligno para poder recibir al verdadero Amor que surge del Corazón de Jesús. Mientras busquemos crecer en nuestra relación con Dios las tentaciones no serán un gran problema porque estaremos en la presencia del Amado.

5.2 Convivir con nuestra pobreza:

Tenemos que aceptarnos tal y como somos porque de otra manera viviríamos desilusionados al constatar que nuestra persona no se parece en nada a la imagen perfecta que hemos creado sobre nosotros mismos. Convivir con nuestra pobreza es aceptar los límites, caídas y defectos que son parte de nuestra humanidad a la que nunca renunciaremos por más santos que seamos.

Aceptar nuestra forma de ser no significa que sea imposible cambiar aquello que nos aparta del ideal de Jesús, sin embargo, es importante que seamos pacientes con nosotros mismos porque la impaciencia genera cansancio y desaliento. En nuestra pobreza hemos de descubrir la riqueza de Dios que llega a nosotros para impulsarnos aún en medio de nuestros defectos, de hecho, solo Él puede llenar nuestras deficiencias hasta transformarnos en un vivo retrato de Cristo.

A simple vista podría parecer que este tema sugiere la idea del “conformismo”, sin embargo, la realidad es que esto no es así. Una cosa es ser conformista y otra es vencer la mediocridad sabiendo que podemos alcanzar grandes éxitos sin olvidarnos que somos seres humanos necesitados de la ayuda de Dios. Jesús quiere que crezcamos día a día pero que no nos dejemos desanimar por nuestra pobreza.

Parece mentira que los grandes santos y santas hayan sido hombres y mujeres con muchos defectos, sin embargo, no hay que espantarse porque la realidad es que solo Dios es perfecto. Hay personas que no se perdonan sus propios errores porque quieren ser tan perfectas que se pierden en sus caídas, de hecho, quien verdaderamente se acepta tal y como es puede sentirse libre de complejos y frustraciones porque en realidad es capaz de convivir con su pobreza sabiendo que Dios le ayudará a sobreponerse de cada caída.

Nuestra pobreza es la que atrae las riquezas de Dios quien nos descubre necesitados de su amor y ayuda. Nadie puede sentirse superior a otros porque, de alguna manera, todos tenemos defectos y limitaciones que nos hermanan como una civilización capaz de hacer grandes cosas pero que siempre necesitará de la presencia amorosa y cercana del Padre Celestial.

5.3 Vivir en la libertad:

Muchas personas creen que los Diez Mandamientos son una serie de prohibiciones irracionales que la Iglesia utiliza como pretexto para manipular la conciencia de los  católicos, sin embargo, la realidad es que esto no es verdad. Jesús vino a este mundo para liberarnos del pecado y con ello nos dio la capacidad de ser más fuertes que el mal para evitar que la muerte fuera el final de nuestra vida.

Quien sigue los mandamientos es verdaderamente libre porque se atreve a romper las ataduras del pecado. No es que Dios nos castigue al pecar (o que sea karma) sino que el mismo pecado nos deja ciertas consecuencias que pueden quitarnos la verdadera libertad de quien vive con la conciencia tranquila, en otras palabras, quien obra bien puede vivir en paz porque sabe que se ha esforzado por dar lo mejor de sí mismo y, de esta manera, puede disfrutar de lo sano que la vida le ofrece sin sentirse prisionero de los estragos que ocasiona el pecado.

La libertad que surge del amor de Jesús no es imaginaria sino real porque nos da la capacidad de vivir tranquilos sin que nada, ni nadie nos pueda hundir en la desesperación que deja el mal en quienes lo aceptan con total naturalidad. Todas aquellas personas que han perdido su libertad a causa del pecado pueden levantarse y recuperarla al buscar a Cristo quien desea liberar a todos de la amargura que produce alejarse del camino de la verdad.

El Padre Celestial es tan bueno que nos quiere ver libres y felices, sin embargo, está en nuestras manos serlo o seguir en el círculo vicioso que se produce cuando buscamos en el mal lo que solo existe en el Corazón de Jesús, de hecho, es irónico que teniendo lo que necesitamos en Dios lo busquemos en el mal. El Espíritu Santo ama la libertad y quiere compartirla con nosotros porque sabe que la necesitamos para alcanzar la salvación que Cristo mismo nos regala como consecuencia de su sacrificio amoroso

5.4 Discernimiento:

Ante todo tenemos que dejar claro que discernir es distinguir entre el bien y el mal porque, de otra manera, nos quedaríamos confundidos y sin llegar a una conclusión lógica y positiva. En la vida espiritual el discernimiento es muy importante porque tenemos que ver más allá de lo aparente, es decir, una persona que no sabe discernir podría pensar que es más importante ir a misa el domingo que cuidar a una persona enferma porque le faltaría la capacidad de ver más allá de lo aparente y darse cuenta que lo correcto es quedarse con el enfermo.

En la medida en que vayamos creciendo en nuestra relación con Dios nos iremos formando un criterio que nos permitirá discernir no solo sobre cuestiones de tipo espiritual sino con respecto a todo lo que tenga que ver con nuestra vida. Es importante también buscar a un buen director espiritual para que nos acompañe en nuestro camino ya que, de esta manera, nos ubicaremos mejor y podremos profundizar en la llamada que Dios nos ha hecho.

Discernir es tomar una o varias decisiones con base al Evangelio que es la línea directriz de nuestra vida. No hay que complicarse demasiado pues mientras nuestras decisiones sean coherentes con el mensaje del Padre Celestial estaremos siendo fieles a nuestra identidad como cristianos.

Capítulo VI:
Cuerpo y alma.

6.1 Perjuicios a superar:

Durante muchos siglos se ha mal interpretado el mensaje de la fe cristiana sobre el cuerpo y el alma al punto de considerarlos como elementos definitivamente opuestos, sin embargo, y como ya lo ha aclarado el Magisterio de la Iglesia Católica, tanto el alma como el cuerpo son dos puntos muy importantes en el proceso espiritual de cada persona. Es cierto que los impulsos corporales son difíciles de manejar, sin embargo, esto no quiere decir que no se pueda encausarlos positivamente.

Todos aquellos perjuicios que existen sobre el cuerpo y su íntima relación con el alma no deben de afectarnos en nuestro camino hacía Dios porque no son más que ideas anticuadas y fuera de contexto. Es común, sobre todo, entre los jóvenes que exista una cierta resistencia a todo lo que tenga que ver con la Iglesia por esta clase de perjuicios que algunas personas ignorantes han continuado promoviendo con el paso del tiempo.

Pensar que solo debemos cuidar a nuestra alma sin preocuparnos por nuestro bienestar corporal es un auténtico error porque ambos son dones que Dios nos ha dado y que debemos atender con todo interés y cuidado. Alma y cuerpo deben funcionar como una verdadera “unidad coordinada” en la que se busque el equilibrio para no caer en los extremos que tantos daños provocan, de hecho, en la medida en que superemos tan lamentables perjuicios podremos abrazar la fe desde la doctrina y tradición de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II abogó por la teología del cuerpo1 con aplicación a diversos temas como el noviazgo, el matrimonio y la familia. Tenemos que reconocer y valorar el hecho de que el Santo Padre haya dado un paso tan importante en este sentido que se relaciona con el tema que estamos tratando.

6.2 La sexualidad como don de Dios:

Todo lo que engloba la sexualidad humana constituye un don que Dios nos ha querido regalar al momento de crearnos como hombres o mujeres. La identidad sexual forma parte esencial de nuestra persona ya que nos define y se relaciona estrechamente con lo que somos, de hecho, la sexualidad es un área en la que necesariamente tenemos que trabajar para poderla encausar adecuadamente.

Es importante tener una sólida educación sexual para poder comprender el funcionamiento de nuestro cuerpo en este sentido y aprovechar los elementos positivos que nos brinda como seres sexuados. En la vida espiritual el aspecto sexual tiene que tomarse como un elemento trascendental que nunca debe ser visto como un “mal necesario” ya que es parte fundamental de nuestro desarrollo humano-espiritual.

Cada persona vive su identidad sexual desde que nace y no únicamente en el acto sexual como algunos piensan. La fe católica considera que las relaciones sexuales son algo absolutamente positivo, siempre y cuando, se desarrollen dentro del contexto matrimonial (con todas sus exigencias) porque algo tan grande y pleno no puede darse sin una base sólida y madura.

Los impulsos sexuales nos hacen sentirnos vivos porque activan una parte esencial de nuestra identidad humana, por esta razón, lo importante es que lejos de reprimirlos los encausemos adecuadamente para poderlos vivir desde una perspectiva madura y positiva. Dios no está en contra de la sexualidad sino que desea llevarla a plenitud por la vía del encausamiento que es fundamental para mantenernos en constante equilibrio.

Una persona que atiende mucho su alma pero que deja a un lado su formación sexual está en un grave error porque nunca ha sido bueno ocuparse de una cosa mientras se deja otra de igual importancia. En la medida en que aprendamos a encauzar nuestra sexualidad viviremos con plena libertad y responsabilidad este don que Dios nos ha querido regalar.

6.3 Heridas del alma:

Todos, en lo más profundo de nuestro ser, llevamos ciertas heridas que deben ser atendidas por Jesús ya que Él nos entiende muy bien y sabe cómo aliviarnos e impulsarnos para poder seguir adelante. El hecho de pasar por una circunstancia dolorosa puede herir nuestra alma, sin embargo, lo importante es acudir a Cristo quien dijo con toda claridad Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". (Mt.11:28,30).

Es cierto que hay heridas que nunca desaparecerán (hasta llegar al cielo) como la pérdida de un hijo, sin embargo, lo importante es que podemos atenderlas para que no terminen por destruir permanentemente nuestro estado de ánimo. Jesús es consciente de que tenemos necesidad de su consuelo, por esta razón, ha enviado al Espíritu Santo quien sale a nuestro encuentro para disminuir el peso de la tristeza y sorprendernos con la fuerza única y especial de su alegría.

Muchos son los que buscan consuelo en las drogas, el desenfreno, la prostitución, etc., sin embargo, la realidad es que solamente en Dios está la respuesta a nuestro sufrimiento reflejado en aquellas heridas del alma. Tenemos que permitir que Jesús nos ayude porque Él sabe lo que realmente necesitamos para avanzar y superar las heridas que llevemos en nuestro interior.

Para que una persona tenga calidad de vida también tiene que ocuparse de su alma así como de las heridas que lleva consigo. Pareciera que lo único que importa en la vida es lo exterior, sin embargo, no podemos olvidar que el aspecto interno también se refleja en áreas como nuestra salud, por esta razón, es importante acudir a Jesús y permitir que nos apoye con la fuerza de su consuelo que es única y extraordinariamente especial porque nos acoge como nadie más lo puede hacer.

Las heridas del alma se pueden superar porque no estamos solos sino acompañados por Dios quien no escatimará esfuerzos con tal de ayudarnos. Ahora bien, conviene aclarar que no se trata de que nos refugiemos en la Iglesia para evadir los problemas sino que nos apoyemos en la confianza que solo Dios nos puede dar para ir superando las heridas de nuestra alma.

En algunos casos particulares cuando una persona ha sufrido un trauma no basta la presencia de un director espiritual sino que se necesita la ayuda de un experto en la materia, sin embargo, siempre será necesario contar con alguna persona de confianza que nos acompañe en nuestro proceso humano-cristiano. Vale la pena aclarar que el hecho de tener a un asesor espiritual no quiere decir que estemos enfermos porque siempre es bueno contar con esta clase de apoyos.

6.4 La pureza:

Ser puro no consiste en tenerle miedo al mundo ni tampoco en ser un reprimido o un acomplejado sino en vivir renunciando a lo que, de alguna manera, nos aleja de nuestro anhelo de ser testigos de Cristo en el mundo. La pureza no solamente se relaciona con el aspecto sexual ya que tenemos que ser puros en todas nuestras acciones porque es la única manera de ser coherentes con el Evangelio que Jesús se tomó la molestia de venir a enseñarnos.

Quien actúa metiendo cizaña o trata de pasar por encima de los demás es verdaderamente una persona impura porque sus intenciones no son sanas lo que, de hecho, va en contra del concepto mismo de la pureza. Una persona que le roba la propiedad a un pariente al sacarle una firma, está actuando en contra de la pureza porque está usando su capacidad intelectual para abusar y sacar beneficios de un pecado, de hecho, en la vida espiritual nunca funcionará la ley del más fuerte sino la del más adiestrado en la pureza.

La pureza es un don de Dios, sin embargo, sólo se consigue a punta de esfuerzos porque siempre será importante que pongamos de nuestra parte. Tenemos que buscar la pureza de cuerpo y alma teniendo buenas intenciones y encausando nuestras inclinaciones hacía el sano equilibrio que todos necesitamos para vivir de una manera positiva y cargada de frutos.

Ahora bien, es importante que no confundamos la ingenuidad con la pureza porque la primera es absurda mientras que la segunda tiene sólidos fundamentos en Cristo. Los santos y las santas lograron vivir según la pureza, sin embargo, casi nadie los agarraba de tontos porque ciertamente no eran ingenuos sino que conocían bien las maquinaciones de aquellas personas que de buenas no tenían nada. La Virgen María, aunque Inmaculada, nunca fue ingenua sino entregada a la causa de Jesús Sacerdote quien la llenó siempre de su amor y cercanía.

Capítulo VII:
Relación con el mundo

7.1 Vida en familia:

La familia es un patrimonio invaluable porque de ella surgimos para luego integrarnos a la vida social de nuestra comunidad. Es absurdo que se estén promoviendo leyes anti-familia porque es ir en contra de uno de los más grandes tesoros con los que cuenta nuestro mundo, por esta razón, un cristiano tiene que trabajar por la defensa de la familia dando testimonio de lo que cree.

La vida en familia es un reto porque la convivencia siempre ha sido un punto que exige la participación de todos los involucrados, sin embargo, la realidad es que a la familia le debemos todo lo que somos y gran parte de lo que tenemos. La regla principal de la vida en familia es aprender que no siempre se podrá hacer lo que nosotros queramos, en otras palabras, hay que saber ceder y evitar imponer nuestra voluntad como si fuéramos seres irracionales, de hecho, en la medida en que aprendemos a convivir con nuestros familiares lograremos mejorar nuestras relaciones con quienes nos rodean.

Es cierto que no todos nuestros familiares son un “pan dulce”, sin embargo, lo importante es evitar las confrontaciones y cuando se den hay que saberlas encarar de la mejor manera posible para no empeorar más el asunto. A pesar de todo, la realidad es que la familia nos brinda tesoros invaluables porque en ella nacemos para luego irnos desarrollando como personas, en otras palabras, contar con una familia es algo que no tiene precio y que debemos aprovechar al máximo buscando dar lo mejor de nosotros mismos.

Los integrantes de una familia tienen que ayudarse mutuamente para poder salir adelante y compartir tanto las alegrías como las tristezas. Es terrible cuando a la hora de la comida se reúnen los hermanos para presumirse mutuamente sus logros y demostrar las envidias que se tienen, por esta razón, todos estamos llamados a poner de nuestra parte para generar un ambiente agradable y lleno de vida que favorezca a toda la familia.

7.2 Relación con las amistades:

A todos nos agrada pasar un buen rato en compañía de nuestros amigos y amigas, sin embargo, conviene que veamos en todo esto la huella de Dios quien no ha querido que estuviéramos solos en el mundo sino bien acompañados. El Padre Celestial inventó algo genial que se llama amistad y que constituye un don y reto porque, por una parte, es un regalo al alcance de todos y, por otra, es una responsabilidad que nadie debe olvidar por ser algo de gran importancia.

Con los cuates se comparte la vida además de aprender muchas cosas de cada uno de ellos. Jesús, al pasar por nuestro mundo, tuvo muchos amigos y amigas con los que compartió los momentos más especiales de su camino, por esta razón, reunió a los discípulos en la Última Cena y compartió con Marta y María su misión a favor de la causa del Evangelio por el que dio su vida en la Cruz, de hecho, Nuestro Señor ama tanto el don de la amistad que desea ser nuestro amigo para acompañarnos en las buenas y en las malas.

Un amigo es aquel que escucha, alegra, acompaña, anima, perdona y dice las cosas con prudencia porque, de otra manera, la amistad no tendría sentido pues sería una relación hipócrita. Como amigos el Señor nos llama a vivir el don de la amistad sabiendo cumplir con aquello que realmente nos corresponde a fin de promover la fraternidad que el mundo necesita, de hecho, todos esos grupos de amigos y amigas constituyen una gran esperanza de cara a la realidad que nos está tocando vivir en este momento de nuestra historia.

La amistad exige confianza y hay muchas personas que están desilusionadas por las traiciones que han sufrido en este sentido, sin embargo, conviene que hagan un esfuerzo pues no todas las personas son iguales y el hecho de que una las haya defraudado no justifica que caigan en el error de generalizar. Es importante que solamente confiemos en aquellas personas que verdaderamente nos traten como sus amigos y amigas para no llevarnos sorpresas desagradables, de hecho, el único ser que es digno de nuestra  confianza es Dios, sin embargo, y con las debidas limitantes, también hay que confiar en nuestros cuates porque vale la pena hacerlo y disfrutar del gran regalo de la amistad.

7.3 Misión social del cristiano:

Como cristianos es muy importante que nos mantengamos abiertos a la realidad social que nos rodea, de hecho, vale la pena que participemos en algún voluntariado para acompañar a los que sufren con nuestra entrega incondicional. La fe católica tiene que impactar a nivel social para colaborar en la causa de la transformación del mundo ya que es parte del plan salvador de Dios.

A lo largo de la historia un gran número de cristianos han dado importantes aportaciones a nivel social como es el caso de Juan Pablo II quien impactó positivamente la realidad política de muchos países a través de sus mensajes cargados de paz, esperanza y apertura. Jesús nunca fue un sociólogo ni mucho menos, sin embargo, nos pide que trabajemos por los demás sabiendo dar algo de nuestro tiempo para responder a las necesidades sociales más urgentes.

Los voluntariados son espacios que la Iglesia nos ofrece para atender la realidad social que nos está tocando vivir de cara a los más necesitados. Todos, de alguna manera, deberíamos darnos un tiempo para participar y hacer algo a favor de nuestra sociedad compartiendo lo que somos y tenemos, de hecho, necesitamos construir cada día un mundo más humano.

La misión social de un cristiano debe ubicarse también en los puestos políticos y empresariales pues se necesitan líderes comprometidos que no se dejen seducir por el poder que viene y va. Un líder social que realmente está enamorado de Cristo aprovechará los foros y otros espacios para abogar por los más necesitados, es decir, por todas aquellas personas que viven en la miseria.

No se trata de imponer nuestra opción por Cristo a nivel político sino de abogar por el bien común y mover todos los hilos que estén a nuestro alcance para apoyar el desarrollo social de nuestras comunidades. Conviene aclarar que la acción social de los cristianos nunca deberá ser motivada por ideales marxistas que solamente favorecen la lucha entre clases ya que esto no es congruente con el mensaje de fraternidad que Cristo vino a enseñarnos.

7.4 El valor de la esperanza:

Al contemplar las guerras y los problemas que hay en el mundo podemos llegar a perder la esperanza, sin embargo, vale la pena que la mantengamos viva en lo más profundo de nuestro ser porque la necesitamos para poder seguir adelante en el cumplimiento de nuestra misión. Jesús es nuestra esperanza porque jamás nos dejará solos ya que nos ama infinitamente, de hecho, en la medida en que confiemos en Él lograremos ser testigos de esperanza en un mundo que la necesita urgentemente para reanimarse.

Cuando aprendamos a mirar lo bueno sin concentrarnos únicamente en lo malo aumentará en nosotros la esperanza porque nuestra visión será tan amplia que podremos apreciar las bondades del Señor. El simple hecho de visitar a un anciano nos convierte en portadores de la esperanza cristiana, por esta razón, con acciones sencillas podemos devolver la alegría a quienes viven en la desesperanza y que, de hecho, necesitan de nuestra presencia.

A veces creemos que para encender la llama de la esperanza tenemos que ser una especie de superhéroes, sin embargo, la realidad es que con acciones sencillas podemos hacer grandes cosas como devolverle la sonrisa a una persona abandonada. La gigantesca obra de la Madre Teresa de Calcuta nació de actos sencillos pero cargados de un gran amor por los demás, en otras palabras, con pequeños detalles podemos construir un mundo mucho más humano.

Capítulo VIII:
El valor de la Cruz.

8.1 Amor y dolor:

El nombre de Jesús encierra una historia de amor y dolor lo que, de hecho, nos tiene que hacer valorar su pasión, muerte y resurrección porque todos estos acontecimientos históricos fueron determinantes para nuestra salvación. El amor y el dolor no son elementos aislados sino complementarios para lograr transformarnos en verdaderos seguidores de Jesús quien se ofreció en la Cruz por amor a nosotros.

El dolor sin amor es realmente un martirio porque se convierte en un peso imposible de llevar, sin embargo, cuando lo tomamos desde el verdadero amor se convierte en algo mucho más ligero y productivo. El amor se prolongará por siempre mientras que el dolor se extinguirá cuando Dios nos llame a su presencia, sin embargo, es importante que encaremos al sufrimiento desde la fuerza del amor, esto es, sin perder el buen humor ni la esperanza.

La pasión de Cristo fue tanto dolorosa como amorosa porque, por una parte, sufrió la violencia con la que lo crucificaron y, por otra, se entregó por amor para salvarnos de la esclavitud del pecado. Nunca debemos buscar el sufrimiento sino recibirlo con amor cuando se nos presente ya que, de otra manera, caeríamos en el masoquismo que no tiene nada que ver con el plan de Dios.

Jesús nos ama tanto que sufre las consecuencias de nuestros pecados, en otras palabras, fue Él quien tomó nuestro lugar para salvarnos y reabrir las puertas de la eternidad. La Espiritualidad de la Cruz nos enseña que el amor es más fuerte que las dificultades del camino, por esta razón, que nuestra fe se mantenga viva aún cuando el dolor se haga presente en nuestra vida.

8.2 Miedos e incertidumbres:

Todos hemos tenido miedo y pasado por periodos de intensas incertidumbres que parecieran confirmar nuestros temores, sin embargo, la única salida que existe es la del abandono en las manos de Dios. Nuestro Señor, quien nos ama apasionadamente, nunca nos dejará vencidos ni permitirá que la Cruz que llevamos sea más fuerte que nosotros, sin embargo, nos pide que confiemos en Él aunque no lo podamos ver y las demás personas crean que estamos locos por el hecho de confiar en su Divina Providencia.

Muchas veces el miedo nos detiene a la hora de hacer el bien, sin embargo, poco a poco lo iremos superando en la medida en que nos abandonemos en las manos de Dios. La clave para unirnos verdaderamente a Cristo y desprendernos de las seguridades terrenales es la del abandono, en otras palabras, los miedos y las incertidumbres favorecen que nos desprendamos de nuestros apoyos terrenos (como, por ejemplo, el dinero) para darnos cuenta que solamente en Dios encontraremos la verdadera estabilidad.

Obviamente el dinero es un punto de apoyo muy importante que no tiene nada de malo, siempre y cuando, no pongamos toda nuestra confianza en él ya que sólo Dios puede darnos la seguridad que necesitamos para estar bien. El abandono es la clave del progreso espiritual porque se da cuando la persona comienza a confiar más en la ayuda siempre efectiva de Dios.

8.3 El valor del sufrimiento:

A nadie le gusta sufrir y mucho menos constatar que en el mundo existe el dolor porque pareciera que tenemos a un Dios insensible, sin embargo, cuando comprendemos el valor del sufrimiento nos volvemos capaces de identificar los frutos que el dolor produce en nuestra persona y que nos ayudan a madurar en todo sentido. La Cruz nos desprende, libera, fortalece y enseña, por esta razón, el sufrimiento forma parte de nuestro caminar por éste mundo.

El sufrimiento nos desprende de nuestras seguridades para que nos abandonemos en las manos de Dios, por ejemplo, el enfermo que ya no tiene la seguridad de su salud pero que encuentra en Cristo razones suficientes para poder seguir adelante. El desprendimiento nos libera porque nos acerca a Dios quien desea ser parte fundamental de nuestra vida, de hecho, la verdadera libertad se consigue al superar todas aquellas ataduras que nos impiden transformarnos en un vivo retrato de Jesús. 

La Cruz también nos hace más fuertes ante la adversidad porque nos va moldeando hasta darnos la fortaleza que necesitamos para poder mantenernos firmes en Cristo aún cuando pareciera que nuestra vida se desmorona minuto a minuto. El sufrimiento nos enseña que somos frágiles y, al mismo tiempo, nos demuestra que podemos salir adelante con la ayuda del Dios que nos ama y que ha llegado para transformarnos haciéndonos distinguir lo esencial de lo accesorio.

“No busquéis a Cristo sin Cruz” son las palabras que San Juan de la Cruz nos dirige para que comprendamos el misterio del sufrimiento. El amor, la alegría y la esperanza son los tres elementos que nos ayudaran a encarar el peso de la Cruz de cada día que hemos de vivir con entrega y renovada confianza en quien siempre está dispuesto a darnos su ayuda. 

8.4 Ofrecerse por amor:

Cuando una persona ofrece su dolor por el bien de los demás es capaz de producir abundantes frutos pues el Padre Celestial se conmueve al descubrir el rostro de Cristo Crucificado en quien se encuentra ofreciendo el peso de su Cruz. Estamos llamados a ofrecer nuestras penas y alegrías al buen Dios quien las transformará en gracias para el mundo y la Iglesia, de hecho, nuestra oración tiene que ser un ofrecimiento constante para acompañar a los demás con nuestra entrega amorosa.

Al ofrecer nuestro dolor enriquecemos nuestro apostolado porque cuando un alma se ofrece verdaderamente es capaz de hacer grandes cosas a favor de los demás. Creemos que lo único que vale la pena son las obras visibles, sin embargo, nuestra entrega interior también cuenta mucho porque de ella surge el impulso que nos permite sacar adelante todas aquellas obras exteriores que son parte de nuestra misión en el mundo y en la Iglesia Católica.

María Santísima encausó su dolor al ofrecerlo por nuestra salvación aún cuando le tocó ver morir a su hijo amado en la crueldad de la crucifixión, por esta razón, tenemos que ofrecernos constantemente ya que todo ofrecimiento constituye un verdadero acto de amor que es capaz de conmover al Padre Celestial como no tenemos idea pues nos ama con locura y gran pasión.

Es cierto que en teoría todo esto suena muy sencillo pero que a la hora de la práctica no es tan fácil, sin embargo, el misterio salvífico del sufrimiento nos llama e impulsa a vencernos a nosotros mismos para poder hacer vida lo que el Señor nos pide en este sentido. Al ofrecernos nuestro dolor toma sentido porque no hay mayor tragedia que sufrir sin encausar el peso de nuestro sufrimiento.

Capítulo IX:
Llamados a la santidad.

9.1 Ser santo en un mundo complejo:

Nadie puede negar la valentía de los santos quienes, a pesar de las dificultades, se la jugaron por Cristo a lo largo de su vida. Ser santo en nuestro tiempo es realmente un desafío porque cada vez es más difícil encontrar un ambiente apropiado para seguir a Jesús, sin embargo, la realidad es que no podemos huir del mundo porque esto sería un grave error que nos alejaría de la santidad a la que estamos llamados.

¿Cómo ser santo cuando las “masas” no piensan en Dios? La verdad es que no podemos ser ajenos a esta pregunta porque, lo creamos o no, estamos influenciados por el mundo que nos rodea lo que, de hecho, nos complica un poco las cosas porque la realidad es que la santidad no es un tema que a muchos les interese, sin embargo, lo importante es convivir con el mundo sin perder de vista nuestra opción por el reino de Dios.

No es que en el mundo ya no haya santos vivos sino que la situación exige una nueva generación de hombres y mujeres que encaren la realidad actual desde el mensaje de Jesús que aboga por la santidad. Muchas personas creen que mientras más huyan del mundo se harán más santas, sin embargo, la realidad es que Jesús nos quiere en el “meollo del asunto”, es decir, abiertos a la realidad histórica que nos está tocando vivir para sacar adelante la obra que el Señor nos ha encomendado.   

La santidad exige caminar con el mundo pero, al mismo tiempo, resistirse a todo aquello que no sea congruente con el mensaje de Jesús, por esta razón, lo importante es saber caminar en contra de la corriente sin que esto nos lleve a desconectarnos del mundo en el que vivimos. Tenemos que ser muy hábiles para que no nos dejemos seducir por lo negativo a fin de vivir centrados en el amor de Cristo para poder alcanzar la santidad.

9.2 María, camino de virtudes:

Quien sigue el ejemplo de la Santísima Virgen María llegará a la santidad porque ella ha sido una gran mujer que se puso al servicio de Dios. Para quienes piensan que la fe cristiana es “machista” surge el testimonio de la Virgen María quien ha exaltado el importante papel que juegan las mujeres en la vida de la Iglesia, de hecho, ella es realmente un ejemplo a seguir porque trabajó por la causa del Evangelio a pesar de las múltiples dificultades que se le fueron presentando.

María vivió todas las virtudes y nos invita a seguir su ejemplo para dejarnos conquistar por el amor de Dios. La fe, la esperanza y la caridad fueron una constante en la vida de la Santísima Virgen María pues se dejó transformar por el Espíritu Santo, en otras palabras, ella aprendió a seguir a Cristo sin ponerle condiciones. Tenemos que imitar la fe profunda de María quien, al contemplar a su Hijo en la Cruz, no perdió la esperanza sino que siguió adelante en el camino de la caridad, esto es, ayudando a los demás para que se encontraran con el Dios de la vida, de hecho, en María Santísima descubrimos la línea directriz que nos llevará a la santidad pues vivió cerca del Señor haciendo cuanto pudo por cumplir su voluntad hasta el último momento.
María pudo haberle reclamado a Dios por el peso de las cruces que le tocaron vivir, sin embargo, ella no lo hizo porque comprendió el valor del sufrimiento. En un mundo en el que muchas personas están enojadas con Dios por lo que les ha tocado vivir, surge la vida de María Santísima para calmar el enojo de quienes no se han atrevido a mirar de nuevo a Cristo.

9.3 La clave de la santidad:

Cuando una persona deja de buscar al Señor llega un momento en el que incluso puede cansarse y optar por otro camino, por esta razón, es muy importante que renovemos constantemente nuestra entrega. Tenemos que actualizar nuestra relación con Dios por medio de la oración diaria porque cuando dejamos de orar nos convertimos en presa fácil del pecado, de hecho, para poder hablar de Jesús antes tenemos que convivir con Él a través de un intenso diálogo.

Los actos de amor reflejan lo que sentimos por Dios y, al mismo tiempo, nos sirven para actualizar nuestro camino espiritual. Visitar a Jesús en el Sagrario, meditar las Sagradas Escrituras, acordarse de Dios en los grandes momentos, buscar consolar a Jesús Sacerdote, etc., son pequeños actos de amor que nos llevan a renovar nuestra entrega a favor del Evangelio.

Cuando la frialdad empieza a dominar nuestra relación con Dios es síntoma de que algo no anda bien porque quiere decir que nos estamos olvidando de los grandes momentos que hemos vivido al lado de Dios. Es cierto que no siempre sentiremos el mismo grado de devoción, sin embargo, esto no quiere decir que debamos permitir que la relación se enfríe hasta quebrar, echando a perder todos los avances que se habían estado consiguiendo.

La clave de la santidad son los actos de amor que han de hacernos profundizar en nuestra relación con el Señor. Jesús, quien se entregó por nosotros, necesita de esos pequeños actos para sentirse realmente amado por sus hijos e hijas, por esta razón, tenemos que buscar expresarle a Dios lo que sentimos por Él a través de acciones concretas.

9.4 Vida sacramental:

Los Sacramentos, lejos de ser un conjunto de rituales anticuados, constituyen una de las más grandes riquezas del legado de Jesús ya que, a través de ellos, se hace patente en medio de nosotros. No podemos llegar a Dios sin considerar la vida sacramental porque Él mismo nos ha querido conducir por ese camino tan importante para nuestra madurez como seguidores de Jesús en medio del mundo.

En cada Sacramento interviene directamente el Espíritu Santo por medio del sacerdote para darle validez. Los sacramentos son el alimento que nuestra alma necesita para encontrarse con Jesús y recibir las gracias necesarias, de hecho, así como el cuerpo necesita cubrir sus necesidades el alma también requiere de una vida sacramental bien llevada en la que el Espíritu Santo sea el principal interventor.

Hay quien no se quiere confesar porque dice que el sacerdote también tiene pecados lo que, de hecho, es cierto aunque la realidad es que no debemos huir de la confesión porque quien nos da el perdón no es el sacerdote sino Cristo mismo. En cada Sacramento está la huella real de Jesús, por esta razón, no son un invento de la Iglesia sino algo que Dios mismo ha querido instituir para bien nuestro.

Capítulo X:
El sano uso de los recursos materiales.

10.1 La humildad:

La humildad nos fortalece en la vivencia de las virtudes, sin embargo, también se relaciona estrechamente con el aspecto material porque sólo siendo humildes podremos usar los recursos materiales sin que éstos nos aparten de Dios o de los demás. La humildad nos asegura que aunque lleguemos a tener mucho dinero no caeremos en el error de permitir que nos posea hasta destruirnos como lo ha hecho con muchas familias que no han tenido la humildad de ponerse de acuerdo para repartir equitativamente la herencia que han recibido.

Quien es humilde no se siente más que los demás por el potencial material que posee sino que, por el contrario, tiene que ser cercano a todos y abierto a quienes necesitan de su apoyo. El dinero es “neutral” porque nosotros somos quienes le damos el valor positivo o negativo dependiendo de la forma en que lo usemos, de hecho, mientras no dejemos de ser humildes podremos aprovecharlo de la mejor manera a fin de dar testimonio de Cristo en medio de la sociedad.

Hay muchas personas que teniéndolo todo no se han dejado destruir por el dinero lo que, de hecho, nos prueba que es posible manejar los asuntos materiales sin traicionar los ideales que Jesús ha querido sembrar en nuestro interior. La humildad no debe relacionarse únicamente con el dinero sino con toda nuestra persona porque la necesitamos para dejar de ser presumidos y prepotentes a fin de transformarnos en Cristo, es decir, en su vivo reflejo.

La Venerable Concepción Cabrera de Armida, quien provenía de una familia con muchos bienes, dio testimonio de la humildad ante los aspectos materiales porque nunca le impidieron ayudar a los demás y ser de Cristo. Ella aprendió a mirar más allá de lo aparente para descubrir que la raíz de todo es Jesús a quien amó apasionadamente a lo largo de toda su vida, de hecho, el testimonio de Conchita Cabrera es de lo más actual porque nos enseña que en medio de las actividades sociales también hay una sed intensa de Dios que nosotros podemos saciar con nuestra entrega generosa a favor de la causa del Espíritu Santo.

La humildad nos enseña que por más bienes que tengamos no somos autosuficientes porque necesitamos de los demás para vivir de manera equilibrada. De qué nos serviría el dinero si no tuviéramos amigos, ante esta realidad, lo importante es mirar los recursos materiales desde la humildad para descubrir que son un don que Dios nos ha dado para administrarlos y aprovecharlos sin pasar por encima de los demás creyéndonos superiores.

10.2 La sana administración:

Aunque esto no es un tratado sobre la administración de recursos, la realidad es que la fe nos exige que seamos verdaderos administradores para que no caigamos en los excesos que tanto daño hacen a nuestra persona y bolsillo. Muchos piensan que por tener una gran fortuna pueden mal gastarla, sin embargo, la realidad es que los excesos sólo dejan en el corazón del ser humano un gran vacío que no se puede llenar comprando sin medida.

Ahora bien, el hecho de que la fe nos exija ser buenos administradores no quiere decir que nos vayamos a obsesionar al punto de evitar cualquier compra porque ciertamente tenemos muchos gastos que cubrir. La sana administración nos indica que nuestros gastos deben ser congruentes con las necesidades que tengamos en las que, desde luego, también entran las diversiones porque no se trata de guardar el dinero en un cofre y morirnos sin haberlo usado para generar experiencias de provecho como un viaje en familia o con los amigos.

Así como es pecado excederse en las compras también lo es cuando de manera obsesiva queremos ahorrar sin medida para poner nuestra seguridad única y exclusivamente en el dinero. La sana administración se da cuando evitamos caer en los extremos para desarrollarnos equilibradamente sabiendo que, como bien dice el dicho, “todo en exceso es malo”.

10.3 Actividad económica:

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al bien común (cf. CA 32; 34). Con base a lo anterior, podemos afirmar que la Iglesia no está en contra de las diversas actividades de carácter económico sino que aboga por el bien común, en otras palabras, somos libres de tener iniciativas económicas pero teniendo claro que no podemos pasar por encima de los demás como aquel patrón que da un salario injusto a sus empleados.

Tenemos que relacionarnos con el dinero porque es una de las bases más importantes del funcionamiento de nuestro planeta, sin embargo, hay que hacerlo con cuidado para no afectar nuestra relación con el Señor quien bendice nuestro trabajo para que sea verdaderamente fructífero no sólo para nuestro bienestar sino también para el de los demás. Nuestras iniciativas de carácter económico tienen que ser congruentes con la doctrina social de la Iglesia a fin de actuar como verdaderos seguidores de Jesús que buscan hacer su voluntad en medio de la realidad económica mundial.

En lo que respecta a los salarios, todos los pequeños y grandes empresarios deben dar lo justo a sus empleados a fin de mejorar la realidad social que nos está tocando vivir. Quien le quita dinero a sus empleados se pierde así mismo porque actúa en contra de la fe que aboga por la justicia social, de hecho, precisamente por ser cristianos tenemos que darle un gran valor al trabajo aunque la realidad es que todo patrón más allá de sus creencias también está obligado a dar salarios que sean razonables.

Es cierto que la vida empresarial es complicada porque muchos hacen jugadas contrarias a la moral, sin embargo, Cristo nos quiere en los escenarios más difíciles para hacerlo presente a través de acciones concretas como el pago justo de salarios. La Iglesia nos es ajena a las diversas actividades económicas sino que, por el contrario, toca todos éstos temas para transmitir el mensaje de Cristo al mundo de hoy.

10.4 Cristo ante el materialismo:

La antítesis del materialismo es el cristianismo que aboga por la dignidad de la persona humana más allá de los intereses políticos o económicos. Jesús nunca condenó los bienes materiales sino que se opuso abiertamente al materialismo porque es una ideología totalmente egoísta y verdaderamente anti-humana ya que, como vimos en el primer capítulo, el ser humano ha sido creado para el bien y no para dejarse destruir por el materialismo imperante.

Jesús nos sigue desafiando a dejar nuestra actitud egoísta para dejarnos sorprender por su amor y por aquello que no se puede comprar. El materialismo encuentra en el cristianismo a su peor enemigo porque la fe cristiana se opone a toda clase de explotación sin importar que sea por fines económicos ya que la dignidad del ser humano es más importante que cualquier otro interés, de hecho, la caída de los imperios materialistas se ha debido en gran medida al cristianismo que ha triunfado sobre quienes desean destruir la dignidad humana.

Cristo nos invita a darle a cada cosa su lugar para que vivamos al impulso del Espíritu Santo y no del materialismo que convierte al ser humano en un títere de quienes tienen el poder y lo están usando de manera incorrecta. Cristo, mediante su entrega en la Cruz, nos dejó claro que para salvarnos el materialismo no nos servirá de nada porque necesitamos trabajar desde nuestra persona y en la causa del amor para poder llegar a la gloria de la resurrección.

Capítulo XI:
Desviaciones de la fe.

11.1 Falsa humildad:

Quien no reconoce sus talentos y habilidades cae en la falsa humildad porque no se trata de rechazarnos a nosotros mismos sino de reconocer que necesitamos tanto a Dios como a los demás. La falsa humildad muchas veces se da por ignorancia ya que a muchos los han formado con la idea de que para ser humildes tienen que mirarse como si fueran seres dignos de repudio cuando, en realidad, son un verdadero regalo de Dios Nuestro Padre.

Tenemos que entender que la humildad no se puede fingir porque es algo que sale de nuestro interior conforme la vamos practicando. Vale la pena que reconozcamos los rasgos positivos de nuestra persona para poder adquirir una autoestima realmente equilibrada que nos ayude en nuestro caminar al pulso del Espíritu Santo quien ha dejado en nosotros diversas habilidades que hemos de usar para contribuir en la extensión de su reinado.

El que estemos en la Iglesia no quiere decir que no nos podamos desviar por ignorar ciertos temas como el que se refiere a la verdadera humildad, por esta razón, es importante adentrarse en la vida espiritual porque no podemos amar y vivir lo que no conocemos. Tenemos que querernos a nosotros mismos sin perder la humildad al punto de pensar que somos “todopoderosos” ya que cuando dejamos de ser humildes terminamos por confundirnos y olvidarnos de Jesús quien nos ama infinitamente.

11.2 Fanatismo religioso:

Tenemos que reconocer que el fanatismo religioso ha dañado la vida de muchas personas a lo largo del tiempo, por esta razón, necesitamos identificarlo para que nunca caigamos en él. La realidad es que una persona bien formada no tiene porque volverse fanática, sin embargo, no está de más aclarar este punto del que pocos se atreven a hablar pero que es muy real en la vida de muchos católicos.

Cuando una persona pierde los pies del suelo y se obsesiona por hablar de la religión al punto de fastidiar a quienes la escuchan, empieza a tener síntomas muy claros de fanatismo. Jesús no quiere católicos extremistas, recalcitrantes, cerrados, etc. sino personas enamoradas de la fe que sepan vivirla con naturalidad tal y como lo manda el magisterio de la Iglesia Católica que en repetidas ocasiones ha intervenido para aclarar los diversos aspectos de la fe.

Es lamentable que algunos religiosos quieran hacer que los laicos lleven su misma vida o que algunos laicos pretendan que sus hijos sean sacerdotes sin querer serlo. Dios es amor y variedad, por esta razón, tenemos que dejar a un lado los esquemas cerrados que buscan esquematizar demasiado frustrando la vocación de muchos que se ven influenciados por el fanatismo de alguna persona cercana a ellos.

El Papa y muchos Obispos han expresado la naturalidad de la fe, es decir, se han opuesto al fanatismo, sin embargo, la ignorancia sigue siendo la principal causa de éste. Aprendamos a seguir a Jesús desde el corazón y no con posturas ridículas como fastidiar a los demás con sermones piadosos que no sirven para nada.

11.3 Exigirnos más de la cuenta:

La rigidez nos lástima porque nos encadena trayendo consecuencias que incluso pueden repercutir en nuestra estado anímico. Siempre tenemos que buscar el equilibrio para que seamos capaces de perdonarnos a nosotros mismos cuando caigamos en nuestro recorrido tras las huellas de Jesús, de hecho, una persona que se exige demasiado así misma se vuelve incapaz de mirar positivamente sus errores a fin de encontrar la mejor manera de superarlos.

No podemos presionarnos demasiado porque esto nos lleva a desgastarnos innecesariamente ya que empezamos a forzarnos hasta ocasionar un verdadero desequilibrio. Para poder seguir a Cristo tenemos que amarlo apasionadamente, sin embargo, esto no quiere decir que debamos obsesionarnos con la idea de ser absolutamente perfectos ya que no se trata de exigirnos más de la cuenta sino de actuar equilibradamente.

Cuando nos exigimos demasiado empezamos a romper el equilibrio alejándonos de la santidad para encontrarnos con un problema anímico y, al mismo tiempo, espiritual. Quien se exige más de lo necesario, hace de sus caídas un drama exagerado que únicamente lo detiene en su camino espiritual porque es tan intensa su mortificación que termina por deprimirse sin dar los pasos más adecuados para salir del problema, por esta razón, es necesario que demos nuestro mejor esfuerzo sin caer en el error de la rigidez para poder llevar una vida bien balanceada.  

11.4 Negar nuestra humanidad:

Por más santos que lleguemos a ser nunca dejaremos a un lado nuestra humanidad porque así nos ha querido diseñar el Padre Celestial quien busca al ser humano para llenarlo de su amor. Nos han vendido la idea de que los santos fueron personas frías,  excesivamente reservadas, inamovibles, etc., sin embargo, la realidad es que esto no es así porque los santos fueron, ante todo, seres humanos que desde su humanidad se encontraron con Cristo Sacerdote y Víctima. 

La vida espiritual no va en contra de nuestra humanidad sino que, por el contrario, busca exaltarla hasta convertirla en un vivo retrato de Dios. No tengamos miedo de reír, platicar, compartir, vivir, disfrutar etc. porque esto no nos alejará de Dios ya que Él mismo ha querido que seamos seres humanos con la capacidad de tener sentimientos en los cuáles Cristo esté verdaderamente presente, de hecho, una de las grandes desviaciones de la fe se produce cuando queremos tapar nuestra humanidad para fingir que somos “algo nunca visto”.

Antes se buscaba presentar a los santos eliminando muchos de sus rasgos humanos lo que, de hecho, provocó que muchas personas los tuvieran en un nivel demasiado alejado de la realidad, sin embargo, en la actualidad sabemos que los santos y las santas fueron seres humanos y que, dentro de su humanidad, Dios se hizo presente hasta cambiar por completo sus vidas lo que ciertamente nos prueba que la santidad está al alcance de todos porque es un regalo de Dios Nuestro Padre.

 

1 Nombre que S.S. Juan Pablo II le dio a las 129 catequesis sobre el amor, la sexualidad humana y el matrimonio que dio a conocer entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984.